
El corazón de Arlene
por Victoria Francés
INTRODUCCIÓN
El cáncer es, por desgracia, una de las peores y más recuentes enfermedades de nuestro tiempo. Si bien los avances del hombre han ayudado a combatir médicamente esta plaga del siglo XXI, existe un cáncer que va más allá del propio dolor de la enfermedad: el cáncer de mama.
Es el cáncer más frecuente en la mujer, tiene hoy día traramientos muy eficaces que devuelven la esperanza de vida a muchas pacientes. Pero la medicina no puede curar la enfermedad social que este cáncer lleva consigo. Las mujeres masectomizadas por la enfermedad, lejos de sentir el apoyo de su entorno, muchas veces han de sufrir un rechazo social, estigmatizadas por aquello que, ajenas al proceso, se les culpabiliza. El pecho, icono sexual del ser humano, más allá del tiempo y las culturas, forma parte de nuestras relaciones, desde la lactancia de nuestros hijos hasta las relaciones con nuestras parejas.
Por ello la superación de esta enfermedad no acaba con "estar curada". La paciente deberá iniciar un viaje, no para recuperar su pecho, que la medicina le podrá dar, sino para recuperar su corazón, sus sentimientos y superar sus miedos y sus rechazos, todo lo que la medicina no puede curar. En este libro, Victoria va más allá de la propia enfermedad, y Arlene, tras su tratamiento, y desde su cicatriz como recuerdo, iniciará un duro pero maravilloso viaje donde deberá encontrar de nuevo su corazón, como caja de Pandora de todos aquellos sentimientos, dudas, rechazos que la medicina no puede ayudar a superar.
Espero que este libro tremendamente visual ayude, desde la perspectiva de Arlene, a entender mejor a muchas personas el viaje que muchas mujeres deben emprender tras perder un pecho por una terrible enfermedad, y enseña que la mejor cura es el apoyo y la comprensión de todos nosotros, que podemos hacer bella esa cicatriz que nos recuerda donde hubo el pecho de una maravillosa mujer que tenemos con nosotros.
Iván Mañero Vázquez
Cirujano plástico estético y reparador
PRÓLOGO
Érase una vez una joven mendiga llamada Arlene que vivía en las calles de la imponente ciudad de Nueva York. Huérfana al poco de nacer, dedicaba su vida a fabricar pequeños títeres y muñecas para las niñas ricas.
Y es que Arlene siempre soñó con ser una muñeca... con levantarse un día y descubrir que sus brazos y piernas se movían como las articulaciones de una simpática marioneta, o que su cuerpo fuese de plástico o de madera, para no volver a sentir así la crudeza del invierno.
Sobre todo imaginaba que alguien, otra niña quizá, la acunaba entre sus brazos y hacía de ella la muñeca más mimada de su colección... Pero lo cierto es que, cuando su mente dejaba de soñar y regresaba a la realidad, la pequeña huérfana volvía a sumergirse en su soledad donde lloraba de tristeza cada vez que una de sus muñecas encontraba un hogar lejos de ella y de aquellos suburbios neoyorquinos...
A la edad de viente años, Arlene comenzó a sentir un dolor muy intenso en el pecho izquierdo, como si una mancha cercana al corazón marchitase su juventud por momentos. Una terrible enfermedad comenzó a desarrollarse en su interior hasta que, una noche, desfalleció en medio de una calle, mientras sus muñecas se hacían pedazos al caer al suelo.
Tras un letargo en la más absoluta oscuridad, la joven mendiga despertó en la habitación de un hospital, donde extraños tubos, goteros y una máquina que reproducía los latidos de su corazón llenaban el interior de aquella fría estancia.
A la mañana siguiente, volvió a dormir unas horas en el frío de los quirófanos, y allí, mientras la anestesia corría por sus venas enmudeciendo el dolor, extirparon su pecho izquierdo.
Después de aquella operación que le masectomizó el cuerpo y tras largas sesiones de quimioterapia, donde acabó por perder sus cabellos, Arlene volvió de nuevo a las calles para continuar con su vida. Una simpática peluca blanca, parecida a las que creaba para sus propias muñecas, cubría ahora su cabeza...
Pasó el tiempo tras aquella ligera mejoría... pero su soledad seguía siendo demasiado grande. La mancha cercana a su corazón jamás se limpió por completo y en cuestión de pocos meses, el cáncer que debilitaba sus fuerzas, brotó de nuevo y fue extendiénose cada vez más hasta acabar con su vida.
Desde aquella noche en que la joven de peluca blanca cerró sus ojos para siempre, todas sus hijas de plástico y madera desarrollaron manchas cercanas al corazón, que se extendieron lentamente hasta oscurecer el mundo. Y era extraño, porque las estrellas que brillaban en el firmamento comenzaron a formar luces de colores mientras la ciudad de Nueva York se perdía en el mundo de los sueños...
1. UN MUNDO DE COLORES
Por unos momentos, el silencio reinó en aquella oscuridad donde solamente brillaban las estrellas y un sinfín de colores creaban extrañas formas en la inmensidad...
Arlene, que había dejado de respirar para siempre, volvió a abrir los ojos en un misterioso mundo donde el asfalto, el cemento y los callejones habían desaparecido, diluyendo sus formas en luces parpadeantes y nebulosas de colores.
Y mientras su cuerpo parecía flotar entre las estrellas, sintió de repente cómo caía al interior de un agujero negro, y se precipitaba hacia el vacío. Perpleja, se sostuvo la peluca blanca para no perderla en el camino, mientras observaba fascinada cada una de aquellas extrañas luces que llenaban el espacio. Pero todo cambió en cuestión de segundos. Y es que, al final de aquel túnel, la oscuridad dejó paso a una intensa luz que iluminó un extraño mundo tras las estrellas, y las pequeñas luces que antes brillaban por todas partes, se transformaron en mariposas de mil colores que revoloteaban sin cesar.
Después de aquella fugaz caída, el cuerpo de Arlene se detuvo lentamente en aquel misterioso lugar nunca visto. Aquello parecía el mundo de los sueños. Un onírico paraje de formas etéreas, plagado de flores surrealistas, agradables perfumes y delicadas burbujas que flotaban en el ambiente.
Sin salir del asombro ante lo que veían sus ojos, prestó atención por unos momentos a un leve y único sonido que se escuchaba en la distancia. A lo lejos, cientos de latidos de corazón rompían el silencio, una bella sinfonía que palpitaba al unísono y se perdía en el horizonte...
Pero Arlene no lograba entender dónde se encontraba, ni tan siquiera tenía conciencia de quién era o quién fue en un pasado. Su mente parecía haber borrado todo recuerdo, y comenzó a sentirse totalmente perdida en aquel mundo de colores.
Entre tanta confusión, advirtió que su cuerpo era como el de una muñeca, y que sus piernas y brazos se movían mediante articulaciones. Sorprendida, se detuvo a admirar su piel brillante como el plástico y, alzando sus brazos al cielo, observó con detenimiento la movilidad de sus manos.
Seguidamente, deslizó sus dedos sobre su pecho izquierdo y descubrió que una gruesa cicatriz cruzaba el lugar donde antes latía su corazón...
-Pero... ¿Qué es esta cicatriz? -pensó Arlene, ya convertida en muñeca -¡Me han robado el corazón! -gritó asustada al no sentir ningún latido bajo aquella cicatriz rosada.
Por unos momentos, el miedo invadió todo su ser y miró hacia todas partes intentando encontrar una respuesta. Luego dirigió su mirada hacia el horizonte y volvió a escuchar el único sonido que reinaba en aquel mundo, pues los latidos de corazón que antes sorprendieron a la muchacha, ahora resonaban más intensos, haciendo retumbar levemente la tierra de aquel país.
-Tengo que encontrar mi corazón -se dijo a sí misma mientras volvía a acariciar la cicatriz de su pecho izquierdo.
Y fue entonces cuando Arlene decidió emprender un viaje en busca de su corazón, siguiendo aquellos misteriosos latidos que se perdían en la lejanía...
Aquel mundo era realmente fascinante, pues cada detalle, cada rincón o perfume, era desconocido para Arlene. Y en su caminar, cada vez que los latidos de su corazón se hacían más intensos, encontraba otros extraños seres que parecían estar tan perdidos o incluso más que ella. Pero era curioso, porque aunque Arlene intentaba hablar con ellos en repetidas ocasiones, éstos no la escuchaban, ni tan siquiera podían verla... ¡Parecían estar en otra dimensión diferente a la suya!
Un día encontró un hermoso ser que nadaba en las aguas del mar. Parecía una bella ninfa, pero en lugar de piernas lucía una brillante cola de pez.
Realmente se trataba de un ser extraordinario, diferente a todo lo que había visto hasta entonces, pero el encanto de aquella escena desapareció de repente cuando la muñeca observó cómo un tumulto de pescadores lanzaban anzuelos al mar para dar caza al supuesto monstruo marino.
Uno de aquellos anzuelos hirió a la bella sirena que, asustada, se zambulló en las aguas, hasta desaparecer en el fondo marino...
La muñeca masectomizada se alejó de aquella escena atroz y volvió a seguir su camino, hasta adentrarse en la mágica arboleda de un bosque de hadas. Los altos robles parecían rasgar el cielo y el viento se deslizaba suavemente entre las hojas.
Arlene observó que, en aquel bosque, decenas de crisálidas colgaban de las ramas de los árboles y, sorprendida, descubrió cómo unos seres ambiguos construían sus propias crisálidas para ocultarse por largo tiempo, y comenzar lo que parecía una metamorfosis.
En aquel momento, una de las crisálidas comenzó a abrirse, y Arlene prestó toda su atención ante aquel maravilloso acontecimiento. Una hermosa mujer nacía con alas de mariposa, y se liberaba de años de sufrimiento y transformación, para lucir hermosa mientras emprendía un nuevo vuelo hacia su felicidad...
Aquel era un mundo realmente mágico. La alegría rezumaba en cada rincón aunque, también, en ocasiones, la melancolía.
Arlene entendió inmediatamente que los latidos de corazón provenía del interior de aquellos extraños seres con los que se topaba en su camino. Seres que emanaban una mezcla tan intensa de sufrimiento y ternura, que llegaba a conmover a la pequeña muñeca.
Ilusionada con la búsqueda de su corazón, decidió transmitir toda la alegría que sentía a cada uno de los seres que encontrase en su viaje. Y era maravilloso sentir que, aunque ninguno de ellos fuese capaz de verla o escucharla, un atisbo de alegría se dibujaba en sus labios al sentir su presencia.
Maravillada ante la magia de ese país de sueños, sintió de nuevo el latido que resonaba en el horizonte, y continuó su camino en busca de su corazón...
2. HA PASADO UN ÁNGEL
Pasaron los días y Arlene seguía con su peregrinaje en aquel país desconocido.
En su caminar, había momentos en que creía estar en un laberinto sin salida, y cuando el cansancio vencía sus fuerzas, asentaba su cuerpo en algún banco que encontraba en el camino para descansar, mientras observaba los colores que adornaban las paredes.
Una noche, después de pasar horas y horas deambulando entre los pasadizos de uno de aquellos laberintos, la muñeca descubrió un camino que conducía al interior de una oscura habitación. Solo una bola de luz iluminaba escasamente aquella estancia, en cuyo interior un chico pintaba sus labios de azul mientras dejaba escapar unas lágrimas ante un espejo.
Cuando Arlene decidió sentarse a su lado, preocupada al escuchar su llanto, este se alzó con firmeza mirando la puerta de salida. Fuera de aquella habitación, una muchedumbre enloquecida increpaba con dureza al joven, pero este cruzó la puerta y atravesó con determinación el exterior, mientras la gente desaparecía aterrorizada ante su imagen.
La curiosidad hizo mella en Arlene, que salió al exterior en busca de aquel hermoso chico de cabellos azules, pero ya no había ni rastro de él... Y en lugar de aquel joven, una multitud de parejas del mismo sexo se besaban apasionadamente, dando rienda suelta al verdadero amor que nacía de sus corazones.
En aquellos momentos, el sonido de latidos del corazón ensordecía el ambiente de tal manera, que la pequeña Arlene sintió cómo todo su cuerpo vibraba al compás de aquel palpitar, llenando el vacío de su cuerpo sin vida...
Arlene se alejó de aquella celebración de amor para buscar nuevos latidos en aquel mundo, mientras la luna reinaba en el firmamento estrellado, iluminando un misterioso sendero.
Al final de aquel camino, un esplendor rojizo sorprendió a la pequeña. A medida que se acercaba más y más hacia aquella luz, descubrió que provenía de un nuevo laberinto. Esta vez se trataba de un lugar tan inquietante que Arlene dudó unos instantes entre cruzar o no la puerta principal. Pero pronto comprendió que ese era el único camino que debía tomar, pues sintió como el sonido de los latidos esperaban su presencia, acumulándose más allá de aquella puerta.
Después de atravesar algunos de sus largos corredores, Arlene descubrió en una de las encrucijadas a una joven de cabellos claros que desnudaba su cuerpo y dejaba que unas monstruosas sombras besasen su piel. Pero su expresión era tan triste que parecía querer morir allí mismo...
La muñeca quiso alejarse de aquella pavorosa escena, pero al adentrarse más en aquel oscuro laberinto topó con varias estancias donde muchachas de corta edad vendían sus cuerpos aterrorizadas ante las sombras de sus captores. Algunas de ellas parecían estar encerradas en sí mismas, obligadas a tapar cada centímetro de su cuerpo, mientras otras muchas eran golpeadas por los pasillos hasta caer al suelo.
Arlene sintió nauseas ante aquella escena dantesca y por primera vez en su viaje pensó que se había alejado demasiado del país de los sueños. Pero sin embargo, el sonido de los latidos palpitaba con más fuerza que nunca.
-¡¡¡Quiero volver al mundo de las hadas!!! -exclamó con fuerza. Y el sonido de su voz hizo eco entre las paredes de las calles y distrajo la atención de aquellas monstruosas sombras.
Entonces, todas las muchachas de aquel laberinto aprovecharon el descuido de sus captores y salieron corriendo para liberarse de aquella cárcel, hasta perderse en la oscuridad de la noche.
Al igual que ellas, la muñeca corrió despavorida, y huyó de las garras de aquellas sombras monstruosas, pero al no encontrar la salida el espanto paralizó sus piernas.
Las sombras se acercaban más y más a ella, pero Arlene, desafiando el terror que sentía, cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas salir de aquel lugar. Y así sucedió, pues al abrir los ojos, todo volvió a la calma mientras un nuevo camino iluminado por la luz del sol se desplegaba ante ella...
Todo parecía haber cambiado sólo con su propia imaginación, de modo que Arlene comprendió que su mente era la única llave que cerraba y abría las puertas en aquel mundo.
Ahora, un paisaje idílico se abría ante la muñeca y en aquel mágico ambiente observó como un millón de burbujas de jabón volaban, delicadas, con la brisa.
-¿De dónde vendrán estas burbujas? -se preguntó la muñeca al sentir como estallaban al contacto con sus manos.
Siguiendo la senda que le marcaban las burbujas, dio con un grupo de niños que jugaban en el interior de un jardín. Todos parecían felices menos uno, que se encontraba aislado del grupo, mientras creaba pompas de jabón.
-¡Hola!, me llamo Arlene, ¿y tú? -se presentó la muñeca al niño solitario. Pero no obtuvo ninguna respuesta, pues tampoco él podía verla.
Arlene observó que aquel niño se parecía mucho a ella, ya que también él había perdido el cabello, y con un gorrito azul cubría su pequeña cabeza.
La muñeca sintió entonces la necesidad de hacerle sonreír y, acercándose al artilugio con el que hacía sus burbujas, comenzó a soplar ella misma para crear algunas nuevas.
Su ingenio dio resultado, y el niño comenzó a reír al observar cómo otras pompas de jabón surgían como por arte de magia.
Alejándose de aquel jardín, Arlene observó de nuevo cómo aquel niño corría feliz para cazar todas aquellas burbujas que flotaban en torno a él. ¡Y la satisfacción llenó todo su ser!
Había veces en que Arlene tenía la sensación de estar meses y meses de viaje, y el sonido de latidos nunca cesaba en aquel mundo de fantasía.
Uno de aquellos días, la muñeca masectomizada se adentró en un tercer laberinto que encontró en un camino. En esta ocasión parecía estar abandonado, como si nadie, en mucho tiempo, hubiese querido entrar en él. Sin embargo, a medida que atravesaba sus pasadizos, encontraba gran cantidad de animales que permanecían encadenados a las paredes, sin pan ni agua a su alcance.
Los latidos de corazón se escuchaban en cada uno de ellos pidiendo ayuda, y la muñeca no pudo aguantar la tentación de liberarlos.
Fue una tarea dura y estuvo varios días para llevarla a cabo. Pero cuando Arlene quiso volver a emprender su camino en aquel laberinto fantasma, sintió como su vitalidad se había debilitado por completo, como si el cúmulo de sufrimiento que emanaba de aquel lugar se hubiera clavado en su alma agotando todas sus fuerzas.
-Me falta el aire... -susurraba Arlene mientras su cuerpo parecía flotar en la inmundicia de aquel lugar.
La soledad y el desamparo reinaban en ese laberinto. Era, sin duda, el lugar más decadente que había visto hasta entonces en su viaje, pero aun así, hizo acopio de todas sus fuerzas para seguir el camino que le marcaban los latidos de corazón.
En una de las encrucijadas del laberinto encontró una curiosa señalización qu marcaba el camino hacia un supuesto castillo que se divisaba a lo lejos.
Aquel nuevo camino estaba plagado de mendigos que dormían en silencio y jóvenes escuálidos que inyectaban extrañas sustancias en sus venas. Sus miradas se perdían en el cielo del atardecer, mientras Arlene pasaba junto a todos ellos sin saber cómo calmar su sufrimiento...
Uno de aquellos seres llamó poderosamente su atención, pues llevaba una máscara con la que se cubría medio rostro y su cuerpo estaba lleno de cicatrices parecidas a la que Arlene lucía en su pecho izquierdo.
La muñeca intentó imaginar cómo sería su rostro si retirase aquella máscara, y en su mente creó una imagen de aquel joven que acabó por enamorarla, pues sus facciones parecían las mismas que poseían los ángeles en su imaginación.
De repente, el joven retiró la máscara y dejó al descubierto su medio rostro quemado...
Por unos momentos, Arlene se sorprendió ante aquella visión, pero al volver a observar aquella mirada angelical, se acercó hacia su piel quemada y besó sus labios, totalmente enamorada.
Cayó la noche en aquel laberinto de soledad, y Arlene abrazó a su misterioso compañero para dormir sobre su pecho, mientras escuchaba la dulce música que emitían los latidos de su corazón...
A la mañana siguiente, la muñeca despertó tendida en el suelo del camino, y por más que intentó buscar a su extraño amigo, no encontró ni rastro de él.
Confusa ante su ausencia, notó que algo en su interior se estaba muriendo, como si la necesidad de encontrar su corazón se hubiese multiplicado esa misma mañana.
Entristecida, continuó siguiendo su camino entre los corredores mugrientos de aquel laberinto...
Las horas pasaron lentamente y, al final de uno de los pasadizos, la muñeca tropezó co un enorme portón de madera en el que se podía leer: "Bienvenido al castillo de la bruja".
Arlene abrió la pesada puerta mientras observaba en el interior de un salón destartalado. En aquel lugar, una niña sonriente jugaba con las palomas que se acumulaban a centenares en torno a ella. Sus ropas estaban hechas añicos, pero lucía una hermosa sonrisa mientras sostenía a una de aquellas palomas blancas entre sus manos.
Al observar todas aquellas palomas, Arlene sintió deseos de emprender un vuelo como lo hacían ellas, e imaginó lo divertido que debía de ser un viaje si tuviese alas para volar.
Fue entonces cuando intentó concentrarse en sus sueños, y en un abrir y cerrar de ojos, la simpática muñeca se encontró a lomos de la paloma que la niña sostenía en sus manos.
¡Y echó a volar hacia las altas almenas del castillo...!
Hasta la alcoba más alta de la fortaleza llegó Arlene, gracias al vuelo de las palomas. Pero aquella nueva estancia no parecía tan bella como la había imaginado, pues en su interior reinaba la soledad más absoulta, la basura se acumulaba en los rincones y una intensa oscuridad llenaba el vacío.
Al explorar detenidamente aquel lugar, Arlene descubrió a una anciana que se protegía del frío bajo mantas y harapos, al tiempo que daba comida delicadamente a sus palomas.
La muñeca recordó entonces el cartel que había visto en la puerta del castillo, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo al comprender que se encontraba ante la mismísima bruja del laberinto. Pero la anciana se sobresaltó antes que ella al sentir que no estaba sola en aquel lugar, y, asustada, exploró el interior de la alcoba con su mirada.
-¿Quién anda ahí? -preguntó la anciana al vacío, mientras la muñeca se acercaba a ella sigilosamente.
-Me llamo Arlene, ¿eres tú la bruja del castillo? -le preguntó la muñeca. Pero como era de esperar, la anciana no escuchó a nadie en aquella habitación, mientras el silencio se hacía cada vez más intenso.
-Ha pasado un ángel -susurró la reina de las palomas. Y esbozó una sonrisa...
Arlene sintió que la soledad se cernía sobre ella en aquellos instantes. El silencio de aquella anciana colmó de melancolía a la pequeña muñeca, que moría en deseos de encontrar a alguien que lograse verla o escucharla algún día.
Aquella mujer ya no le causaba miedo alguno, es más, la ternura invadió todos sus sentidos al observar durante largas horas sus movimientos. Como si parte de su anciano corazón perteneciese a la muñeca...
Entristecida, acarició la textura de su cicatriz y volvió a emprender su camino imaginando encontar sus propios latidos...
3. EL DOLOR
El tiempo pasaba lentamente en aquel mundo, y al cabo de varios meses vagabundeando, la muñeca solitaria llegó a un lugar donde la tierra parecía carbón y el cielo ardía al rojo vivo como un eterno atardecer.
En aquel paisaje, Arlene escuchó otros sonidos aparte de los latidos de corazón que seguían palpitando en la distancia. En este nuevo mundo, extraños artefactos caían del cielo, estallando contra el suelo y haciendo que la tierra temblase con fuerza.
Hubo una vez en que Arlene saltó la valla de un campo que estaba repleto de carteles que avisaban de algún peligro. Y desde aquella desagradable experiencia, nunca más volvió a aventurarse en lugares parecidos, pues a medida que atravesaba aquel campo, las explosiones se sucedían a sus pies haciendo que la muñeca volase por los aires.
Un fatídico día, la explosión más monstruosa que había visto en su vida rasgó el cielo del atardecer e hizo que ardiese todo a su paso... Desde entonces comenzó a caer una lluvia de cenizas que nunca vería su fin.
Arlene sentía miedo en aquel lugar y en repetidas ocasiones tuvo deseos de volver atrás. Pero algo le decía que debía continuar su camino en aquel terrible mundo, aunque las flores y las mariposas hubiesen desaparecido por completo y el olor a muerte impregnase el ambiente. Lo cierto es que la pequeña muñeca nunca imaginó que en el mundo de los sueños pudiera haber lugares parecidos.
Algunos de los seres que habitaban en aquel lugar estaban mutilados debido a las explosiones, o sufrían alguna extraña mutación. Y la gran mayoría se ocultaba bajo extrañas máscaras con las que respiraban mientras emitían sonidos inquietantes.
Era tan intenso el sufrimiento que se respiraba en la atmósfera que Arlene comenzó a sentir de nuevo una fatiga que le impedía respirar con normalidad. En medio de aquella agonía, la muñeca se detuvo a las puertas de una fábrica en ruinas para intentar recuperar el aire que perdía por momentos.
Pero fue en vano, pues unos metros más adelante advirtió como un niño saltaba al interior de uno de aquellos campos plagados de minas. El pequeño jugaba inconsciente ante el peligro que sufría, y la desesperación hizo mella en Arlene, hasta hacerle perder la conciencia...
Al desplomarse ante aquella visión, utilizó el único hilo de conciencia que le quedaba para echar mano de su fantasía. Entonces comenzó a imaginar al niño en un paisaje diferente, hasta notar como una bocanada de aire fresco calmaba su agonía.
La muñeca abrió los ojos a un paisaje nevado, donde en lugar de cenizas, los copos de nieve caían suavemente. Y sintió una alegría tan intensa que comenzó a saltar entre el hielo.
Miró a su alrededor intentando encontrar de nuevo al niño, pero en lugar de aquel pequeño, un extreño animal cuyas extremidades tenían forma de aleta la miraba intensamente.
Los copos de nieve nublaban la visión de Arlene y, al fijar su vista en su nuevo amigo, para intentar observarlo mejor, descubrió que se trataba de una simpática foca que se acercaba a ella. Y a medida que la muñeca observaba cada uno de sus movimientos, sintió algo de la esencia del niño, como si su corazón latiese en el interior del animal.
Después de unos segundos, Arlene cayó en la cuenta de que aquella foca realmente se estaba dirigiendo a ella, de modo que por primera vez en aquel mundo, alguien parecía haberse percatado de su imagen.
Fue entonces cuando la alegría invadió de tal modo a la pequeña muñeca que salió corriendo hasta el animal para abrazarlo con fuerza.
-Hola, me llamo Arlene, ¡¿puedes verme?! -le preguntó con una sonrisa pletórica. Y la foca comenzó a emitir unos sonidos agudos imentras seguía todos los movimientos de la muñeca con sus brillantes ojos.
En aquellos instantes de felicidad, Arlene observó cómo detrás de su amiga, un grupo de cazadores se acercaban rápidamente hacia ella. Y el terror más absoluto que había sentido en su vida dominó su expresión...
Todo sucedió en cuestión de segundos. Frente a la muñeca, uno de aquellos individuos alzó con fuerza un palo de madera, para golpear la cabeza de la foca hasta quebrar su cráneo.
La sangre salpicó el rostro de Arlene y, al cabo de un breve silencio, comenzó a gritar ante el horror que estaba viviendo...
Aquel grupo de monstruos se acercó más a la foca moribunda, y con afilados cuchillos continuaron con la matanza, mientras rasgaban su piel para despellejarla en plena agonía.
Los chillidos del animal paralizaron los latidos de corazón que la muñeca escuchó durante todo su viaje. Y el dolor se hizo insoportable mientras veía cómo arrancaban la piel de su amiga, que todavía se movía entre la nieve hasta que llegó su muerte...
El dolor que Arlene sintió al contemplar la agonía del animal abrió su mente, mientras comenzó a rememorar todos aquellos recuerdos de su vida pasada que, hasta ese momento, habían permanecido en el olvido. Entonces comprendió que, al introducirse demasiado en aquella dura realidad, el país de los sueños había desaparecido de su mente hacía ya mucho tiempo.
La muñeca masectomizada no volvió a escuchar ningún latido de corazón en aquel mundo, pues su viaje había terminado.
Y derramando sus lágrimas se quedó dormida en la nieve, mientras abrazaba el cadáver de su única amiga, con profunda tristeza...
4. DE VUELTA AL HOGAR
Arlene despertó en los corredores de un hospital abandonado. Totalmente enferma de soledad, sintió que su alma carecía de energía. Y mientras acariciaba la bella cicatriz de su pecho izquierdo, tuvo la sensación de haber estado anteriormente entre aquellas paredes impregnadas de sentimientos.
Entonces volvió a recordar aquellos paisajes nevados donde perdió por completo la esperanza de encontrar su corazón. Allí, junto al cuerpo sin vida de su amiga, había dejado parte de su alma, como si aquel fuese el verdadero lugar donde hubiese perdido sus propios latidos.
Aislada del mundo, contempló el exterior a través de una de las ventanas del hospital. La ciudad de Nueva York estaba totalmente vacía...
De repente, algo pareció sorprender a la muñeca, pues comenzó a escuchar el sonido de un latido al otro lado de la ventana. Intentando incorporarse con todas sus fuerzas, sintió que aquel misterioso sonido se acercaba cada vez más a ella.
Una expresión de júbilo iluminó su rostro al observar cómo el corazón más bello que había visto en su vida, cruzaba la ventana volando hacia el cielo.
-¡Mi corazón! -gritó desesperada la muñeca. Y reuniendo las pocas energías que tenía, salió corriendo del hospital para intentar alcanzarlo antes de perderlo totalmente de vista.
Atravesando decenas de calles vacías, siguió la estela de aquel corazón que volaba entre los rascacielos de la ciudad de Nueva York. Y aunque hubo momentos en que su cansancio era mayor del que podía soportar, siguió corriendo sin parar con la ilusión de alcanzarlo en su vuelo.
Pasaron varias horas mientras la muñeca perseguía incansable el sonido de sus latidos, y al atardecer llegó hasta las playas de Long Island, donde se detuvo ante el maravilloso espectáculo que estaban contemplando sus ojos.
A lo lejos, su corazón se escapaba acompañado por el vuelo de las gaviotas mientras todo su amor controlaba el mundo. Y a medida que se alejaba, Arlene sintió la paz de aquella escena, mientras escuchaba el sonido de sus propios latidos marcando el ritmo en la distancia...
Arlene había alcanzado su corazón aquella tarde. Y por fin sintió que su cuerpo vibraba de felicidad.
Después de aquella sensación, deambuló entre las calles de aquella ciudad vacía, donde una vez murió hace tantos años. Entonces comenzó a recordar cada uno de los seres que había encontrado en su viaje, sintiendo que todos ellos habían sido felices con su presencia, y que esa felicidad era comparable a la que Arlene sentía en esos momentos.
-Espero que no me olvidéis nunca -susurró la muñeca masectomizada...
Y al final de una calle solitaria, observó cómo unas estrellas parecidas a las que lucían en el mundo de los sueños brillaban en medio del silencio, esperando su presencia.
Y al alcanzar aquella luz, sintió la paz más absoluta...
En aquellos momentos, el corazón de Arlene latió en cada rincón del mundo, y la muñeca desapareció para siempre en el silencio del atardecer...
FIN
EPÍLOGO
La historia de Arlene es la historia de muchas personas que hoy día sienten haber perdido su corazón.
En este nuevo libro de ilustraciones, he intentado expresar los sentimientos de marginación y soledad que algunos seres humanos sienten en la sociedad actual. Una sociedad que margina al ser "diferente", lo trata de monstruo y lo obliga a vivir aislado al resto del mundo.
Mi obsesión no es otra que mostrar esa diferencia, y dejar patente que en ella reside la única belleza, pues aquello que nos hace diferentes a los demás es lo que nos hace únicos y especiales.
Las cicatrices son las marcas del sufrimiento vivido. Señales que nos deja una enfermedad o experiencias que marcan nuestro interior durante nuestras vidas. El Corazón de Arlene engloba a todos aquellos que alguna vez se han sentido perdidos, a todos los que todavía guardan alguna herida y, sobre todo, al sentimiento de soledad y aislamiento.
En el pasado 25º Saló Internacional del Còmic de Barcelona, en una de las sesiones de firmas donde presenté un prólogo de esta misma obra, conocí a un chico llamado Joan que me esperaba con una carta especial para mí. Más tarde, cuando pasó el ajetreo de aquella jornada, la leí con atención.
Pese a su juventud, en ella me contaba parte de sus experiencias vividas, la dureza de una enfermedad por la que atravesaba y la esperanza que sentía ante la vida.
Lo que más me sorprendió fue que en aquella carta no había nada con lo que pudiese ponerme en contacto con él, ni tan siquiera un número de teléfono. Sólo compartía su historia conmigo sin ninguna pretensión por su parte.
Parte de este libro se lo dedico con especial afecto a esta persona, éste es mi regalo por todo el cariño que me expresó en su carta. Porque muestras de cariño como la suya son lo que realmente me hace feliz en mi trabajo.
Por último, quiero hacer mención al mundo infantil que todos llevamos dentro. Pues todos guardamos un país de maravillas en nuestra mente, como lo hacía Alicia en el maravilloso cuento de Lewis Carroll. Para este nuevo libro, también me he sentido muy influida por él, y por todo el universo "Dollfie" de la cultura japonesa. Un mundo de maravillosas muñecas nacidas de la mano de Akihiro Enku, inspiradas en el sistema de cuerdas y articulaciones de las muñecas de porcelana del siglo XIX. Estas poseen una magia especial en sus melancólicas expresiones y desde entonces soy una auténtica fanática de todas ellas.
A todos los que me han apoyado y se han involucrado en mi nuevo poryecto.
A mi madre, por su lección de vida.
Victoria Francés
UNA MENCIÓN A LAS MUJERES ARTISTAS
A las mujeres sabias, a las sanadoras, a las que buscaban los remedios para curar el cuerpo y el alma en la tierra y en la naturaleza, la historia las llamó brujas. Las quemaron en la hoguera, las martirizaron y demonizaron con el fin de apartarlas del conocimiento, de la sabiduría, del arte y del poder. Los hombres han escrito una historia donde la vida, el sentir, los sueños y los deseos de las mujeres han estado siempre invisibles. Esa no ha sido nunca nuestra historia, ninguna de nosotras nos hemos sentido representadas en ella, como tampoco en este mundo donde nos gusta vivir. Por eso cada día millones de mujeres en el mundo construyen otras realidades, y lo hacen con las manos de la solidaridad, el trabajo comunitario y la ternura.
La historia de Arlene sí es nuestra historia, es un poco la vida de todas, es un poco la realidad de todas, llena de fantasía, amorosidad, dulzura e inteligencia. Arlene nos muestra desde ese corazón atravesado por una cicatriz toda la realidad de un mundo deshumanizado, violento, discriminatorio e injusto que ella combate en cada momento con imaginación e inteligencia construyendo lugares hermosos en mitad de la nada. Arlene, pero sobre todo Victoria, nos dibuja la magia y la hace real, nos dibuja el dolor y lo hace visible y real, nos dibuja la tristeza y te cala en lo más profundo del alma. El corazón de Arlene es mucho más que un libro maravillosamente ilustrado y contado: es la vida misma, son los sueños, la esperanza, la fantasía, pero sobre todo la realidad de que otro mundo es posible.
Victoria es una mujer entrañable, que trabaja desde dentro, desde las entrañas, desde lo más profundo, para llenar de verdad el arte.
Arlene es una mujer con las cicatrices de todas. Con esas cicatrices que marcan la vida de la mayoría de las mujeres en el mundo, con las cicatrices de la violencia, del maltrato psicológico, de ese tú no vales, tú qué sabrás, eres una inútil... Palabras que también matan. Cicatrices imborrables que incapacitan para desarrollar la vida, para vivir en libertad y para ser feliz. Este extraordinario trabajo es un homenaje a todas, a las invisibles, a las tantas veces olvidadas, a las excluidas, pero lo es también a nuestras antecesoras, a nuestras madres, abuelas, compañeras y hermanas que un día rompieron el silencio ya que hoy somos mujeres con voz gracias a todas ellas y por eso Victoria a través de su arte les devuelve su voz. Pero El Corazón de Arlene es también una condena a todos aquellos que se creen poseedores de la vida de cualquier ser humano y en función de esa posesión acaban con ella.
Cristina del Valle
Cantante y Presidenta de la Plataforma de Mujeres Artistas contra la violencia de género.
