Hechizada por épocas antiguas quedé por siempre…
En algún lugar de mis recuerdos, caminaron las damas en compañía de los desdichados, entre la mísera nostalgia de lo añorado, entre cientos de estatuas frías y demacradas…
El pálpito inmortal de mis anhelos me llevó hasta infinitos páramos de hojas muertas, inviernos desolados y castillos legendarios. Fue en un lóbrego pasillo interminable donde comencé mi camino, donde corrí atravesando cientos de bóvedas antiguas y en cuya arrullante oscuridad me perdí en la belleza de miradas lánguidas.
Hasta entonces, no encontraron mis damas el camino hacia el bosque, pues siempre permanecieron aletargadas entre los muros de mil fortalezas y mansiones oscuras, atormentadas por bestias grotescas en las mazmorras de mis sueños.
Mas siempre quedarán oníricos retazos de su existencia mustia, y sus escenarios continuarán sumiéndose en las nieblas, allí, donde el Sol se pierde por siempre y las ruinas del cariño siguen en pie bajo el violento lagrimeo de lluvias y tempestades.
El candil que se encendió para iluminar mi oscuridad dejó de emitir sus luces titilantes, para dar paso a la luz natural…
Ni siquiera yo lo recuerdo… pero encontré el portón principal del castillo, caminé a través de puentes levadizos y salí al exterior, atravesando las verjas que custodiaban mis sueños de claroscuros. Ahora me encuentro entre la arboleda. He visto duendes que me sonríen con sigilo y he flotado en estanques de aguas ambarinas. Pero más allá del bosque seguirán acechando peligros, tristezas y, por supuesto, miles de placeres. Supe que era libre cuando miré a mi alrededor y millones de sonidos y colores distintos se alzaron ante mí… Los cuentos antiguos retornaron a mi mente, y recordé entonces las carcajadas de las viejas brujas, que volaron sobre sus escobas en los cielos púrpura de mi intimidad.
Ahora me esperan ciudades que nunca vi, y descubriré las leyendas de príncipes misteriosos y el son de la música inmortal.
Si, a la postre, siento por fin el amor, será en brazos de un vampiro ensoñado, embriagada por la musicalidad de un salón dorado, fuera de todo espanto.
Sumida en su calor, frío y seducción…
Se apartó al lugar más oscuro de la fortaleza, y sin aliento contempló el horizonte...
La última vez que volvió a recorrer aquellos caminos supo que, más allá de los bosques de arboleda funesta, existieron resquicios de blancos sudarios manchados de lágrimas. Y en cada paraíso, cada atmósfera de pórticos antiguos y ángeles silenciosos, se trazan recuerdos jamás olvidados. Continúan sus negras lágrimas deslizándose al unísono sobre las níveas mejillas, y en expresión lánguida esbozan sonrisas, ocultándose en la penumbra.
Él conoció el rostro de todas aquellas damas a las que obligó a vagar bajo cielos tormentosos. Fue él quien, de entre todos los príncipes siniestros, se ocultó entre máscaras de horrendas bestias y besó las mejillas de las bellas lozanas.
Acariciando sus pechos turgentes, drenó lenguas de rubíes que fluyeron por sus venas, mientras las doncellas moribundas gemían de placer, desatando el rocío de sus lágrimas. Ezequiel… caballero enfundado en nieblas. ¡A ti maldicen los espectros dormidos en sábanas de hojas muertas! El glauco esplendor de tus ojos anhela anunciar la poesía de las damas sin descanso… ¡Infinidad de rosas marchitas lloran por ellas!
Ahora, cual hiedra trepadora, las siluetas ondulantes acuden a la soledad de una alcoba vacía, acompañándote en las telarañas de tus recuerdos, y al culminar remembranzas, sentirás nostalgia por volver a acariciar los cárdenos cabellos de una de ellas.
Apresada en tu irrealidad como un espectro oculto en campanarios abandonados… las rosas de sus labios gotean ahora la sangre de otras épocas…
Aquella noche halló el primer esplendor del plenilunio en la memoria de aquel rostro albo. Una aparición blanca como la nieve…
Ezequiel despertó en su mente el recuerdo de Lavernne, la joven de dorados cabellos que, siglos atrás, había vislumbrado descender por entre los bosques, hacia los pantanos oscuros.
Rememoraba su esplendor lívido mientras hilvanaba estrellas en la madrugada…
Cuenta la leyenda que las antiguas Cruzadas dejaron huérfanas a muchas jóvenes enroscadas entre la penuria. Temblorosa tras imaginar la muerte en el cuerpo de su padre, Lavernne caminó en espasmos trémulos, perdiéndose en laberintos de sendas interminables.
Tras un suspiro ahogado, el antiguo vampiro dibujó en su mente la pureza de aquella fisonomía mortecina, repleta de lágrimas, a orillas de un estanque. Él calmó sus plañidos en vida, y en un culminante abrazo besó sus venas desfallecidas por la tristeza, dejando así que su cuerpo flotase extendido en la quietud de las aguas.
La imagina ahora, entre la superficie serpenteante de un lago. La imagina ahora, germinando en la lobreguez de las tinieblas…
Antaño encontraron su cuerpo, henchido a orillas de un río, y nadie supo jamás de lo ocurrido en aquel cuerpo céreo e inánime. Dicen que sus dorados cabellos se tornaron blancos, y que en sus labios amoratados se esbozaba una dulce sonrisa.
"Lavernne...", todavía existen reminiscencias de su nombre en los labios del nomuerto. En la soledad de su alcoba, se escucha la música de un viejo clavicordio que rememora la danza de sus cabellos blancos. Nunca más volvió a visitar su espectro estancado en las aguas, mas las hechiceras encorvadas le aseguran que, todavía hoy, se escuchan sus cantos de sílfide, remotos, desde las profundidades de los bosques.
En instantáneo hipnotismo, miles de niñas en celo siguen dejando sus aldeas para escuchar el final de sus melodías.
Todas ellas, huérfanas del cariño, visitan los lechos de sus padres después de muertas, y los sumergen en las profundidades del estanque, mostrando así el amor hacia su reina albina. Pues en la corte de las vírgenes sumergidas, es ella la emperatriz del paraje nublado, la Ofelia asfixiada en lodo, que se aventuró antaño a cruzar los ríos, delirando entre lloviznas.
Infinidad de huérfanas inocentes duermen a su vera, todas juntas abrazadas entre vegetaciones acuosas... vírgenes inmaculadas que conocieron el amor lésbico en caricias húmedas. Sueñan con dejar atrás su castidad y conocer el placer carnal en un palacete de torres de cristal, y coronadas en su demencia, cual niñas en paraísos soñados, quedan esperando la escarcha...
...para luego despertar inquietas su expirar entre espumas y algas. Ellas, las enamoradas del musgo, cortejadas por desdichados caballeros de armaduras oxidadas, que acuden engalanadas a millares de banquetes y bailes de máscaras...
La ilustre deidad albina pregunta a las ranas de mirada ausente por el nombre de su amante exánime: aquel príncipe impío que extendió sus ropas entre las aguas diamantinas y besó su cuello helado. Anfibios fantasmagóricos, empero, enmudecen ante sus ruegos, y guarecen así el escalofrío de un secreto.
Intentando entonces protegerse de la falta de amor, corona sus cabellos con flores silvestres y sueña que es reina y princesa en su palacio de agua y lodo... y espera eternamente volver a abrazar a un padre muerto en antiguas guerras, deseando hendir sus colmillos en ósculos sangrantes, para sumergirse los dos juntos en el reino de aguas invernales.
Más allá de un pantano inundado en nieblas, la princesa difunta seguirá apareciéndose, cual ninfa espectral al caer la tarde, cuando llueva en la intemperie de los árboles desnudos o cuando el otoño tiña de ocre las profundidades de un río arcano.
En algún lugar del palacio acuoso continuará Lavernne sollozando por su orfandad en tinieblas, purgando a la vez sus penas en aquel paraje de cieno y cristal donde una vez deambuló en su locura.Donde un príncipe arrojó su cuerpo al abrazo de aguas nebulosas...
Marquise adoraba contemplar aquellos ojos pétreos bajo la luz mortecina de un candil... Tras el recuerdo de las ciénagas lóbregas, el caballero de semblante demacrado dejó fluir los años, para que brotase en su mente el recuerdo de Marquise, la princesa rumana de sus antepasados. De ella aprendió el lenguaje de los violines, la imaginación desbordada en tumultos de inspiración artística y el amor a la vida.
En su caminar constante de corazón idealista, sendas de lápidas se abrían siempre ante ella, la mirada de los yacientes tras epitafios desamparados y el son de la brisa entre la extrema languidez de los árboles del bosque.
Ezequiel imaginó recorrer la textura rugosa de la piedra con sus dedos, y fue entonces cuando comprendió aquella extraña pasión de Marquise por un idílico ángel de piedra.
Y es que aquella sonrisa hilvanada en dulces comisuras y aquellas alas rotas por el paso del tiempo embelesaron por completo desde su niñez a la joven princesa, qeu compartió su inocencia entre las sombras de la urbe funeraria.
Tanto llegó a amar a aquel querubín inerte que, con el paso del tiempo, nació en ella el deseo artístico de esculpir expresiones talladas, de reconstruir sus alas hechas pedazos y de tocar música para él con las rítmicas notas de un violín carmesí. Todo para intentar dotar de vida al ser pétreo que eclipsó su corazón.
El oscuro galán la espió en sus delirios artísticos durante años, y una noche se hizo presente ante ella y compartió sus inspiraciones, bajo la mirada atenta del ser alado. Ezequiel escuchó a la joven dama, que se sumergió en su imaginación enamoradiza, y le preguntó cómo podría dar vida a tan sublime ángel silencioso. Pero sólo respetó su inocencia unos instantes... y el vampiro voló, saciado para siempre, batiendo sus alas membranosas y dejando atrás a la niña moribunda, mortalmente bella a los pies de la escultura estática.
Desde entonces hasta hoy, la dulce muchacha vislumbra su rostro al anochecer, y es en un castillo lejano donde atraviesa cientos de muros imponentes o donde entona sus cantos, en el silencio de los corredores de la gran fortaleza. Entre las telarañas de su pasado rememora el rostro de todas aquellas damas retratadas de lánguida mirada, la frialdad enmarcada de antiguos caballeros o el refulgente esplendor de armaduras plateadas. Ezequiel siempre supo que, incluso después de muerta, ella retornaría a sus pasiones antiguas, recreando sus dones musicales y paseándose invisible cuando todos duermen.
Hace siglos que su dormitar es custodiado por un bello querubín marmóreo, cuyas frías alas rompen su vestido cuando despierta contemplando el paso de las estaciones.
El ángel risueño susurra su nombre en temblor rítmico, y ella por fin se siente tan muerta como él. Hace años que contrajeron nupcias, y en la fría yugular del amado liba la sangre ensoñada, sumiéndose en su fantasía sonámbula y haciendo el amor en desenfreno continuado.
Ezequiel miró por unos instantes las gárgolas de mirada horrenda, que se alzaban impetuosas controlando el horizonte. La doncella blanca dejó sus marcas entre las garras de cal y moho, desvencijadas, donde antaño desvistió el sudario que cubría sus pechos y en cuya superficie rugosa clavó hace años las uñas en busca de vida, mucho antes de comenzar su deambular hacia la senda del castillo.
Cual tiple perdida en la memoria, continuará sus melodías y cantos paganos entre los muros de un salón cubierto de polvo, allí, en los pasillos inundados de olvidados antepasados y armaduras oxidadas. Y jamás perderá el apego por su don artístico. Es más, danzará eternamente entre la hiedra provista de su viejo violín bermejo, tocando música para su amante pétreo. La princesa de los cuentos de hadas existe, como si fuere fuego fatuo en la realidad de aquel camposanto. Mas ningún príncipe necrófago volvió a visitarla jamás. Ninguno besó la mortandad de sus restos para resucitar su cuerpo esparcido entre la hojarasca.
Su padre oscuro nunca la olvida... su hija será la luz que guiará en su caminar a todas las niñas que murieron a manos de sus malvadas madrastras, a todas las brujas que en su desdicha ardieron tras ser juzgadas. Ella es el espectro del castillo, bella y eterna por siempre jamás... Entre la musicalidad de los violines permanecerá grabada su sonrisa, su imagen sibilina entre la niebla y la brisa...
La densa nocturnidad pesaba en aquellos camposantos, rezumando siglos de añoranzas, y una vocanada de viento consumió la escasa luz oscilante de los candelabros...
Durante siglos, vivió el recuerdo de sus dos hijas, perdidas entre los polvorientos versículos de las leyendas... pero era en esos instantes cuando la efímera fragancia de unos cabellos color caoba inundaba la pequeña y oscura estancia.
El vampiro se apartó del ventanal y, agazapado sobre un ensombrecido lecho adoselado, comenzó a evocar la fascinación po aquel rostro que marcó el resto de su existencia.
"…Favole…", y su nombre resuena en cada rincón del castillo, martilleando el corazón helado del monarca afligido. Ataviado de luto, se dejó llevar hasta los abismos más recónditos de su nostalgia, y en su memoria encomendó el lastimoso recuerdo de aquella dama, traduciendo sus lágrimas de sangre en la pérdida de su más preciada joya…
Concibió su imagen siglos atrás, en la soledad de aquel paisaje lechoso, donde por primera vez vislumbró su cuerpo, tiritando en el sopor de la ventisca invernal.
Y todavía hoy la recuerda, helada entre las nieves y sumida en las caricias de hermosos licántropos blancos.
Fue él quien preservó su inocencia de la muerte helada, el que la condujo en brazos al interior del carruaje y la llevó hasta su castillo, salvaguardando así la belleza de su tedioso letargo. En la tranquilidad de una apacible estancia le fue fácil descubrir su procedencia, mientras contemplaba absorto su rostro dormido y trazaba imágenes de una ciudad italiana, en la que las góndolas pasean en calma, en suave discurrir por los canales oscuros.
Y fue su corazón latente el que expresó la pasión por el teatro, en Venecia, donde solía remendar las pequeñas ropas de sus risueños títeres y en cuyas callejuelas interpretaba su teatro de marionetas, ataviada entre los colores de un bufón risueño.
Tras el crepúsculo, el vampiro enamorado le ofreció como hogar su castillo, y celebró a medianoche una tétrica mascarada, cuyas melodías despertaron del fatigado sueño a la joven de cabellos cobrizos. Ezequiel nunca olvidará su expresión viva y exaltada en la madrugada de espectros ondulantes…A la par del apuesto caballero, enfundado en galas nocturnas, bailaron en la infinitud de la noche, rodeados por la curiosa expectación de todos aquellos bailarines de la siniestra corte.
Jamás un ente nocturno sintió algo parecido por otro ser vivo. Ella, que debió ser banquete de inmortales, durmió aquella noche junto al cuerpo helado de Ezequiel, sumergida en las gélidas caricias de la mortandad.
Pasaron cientos de Lunas, y Favole supo entonces de la condena eterna del ser que salvó su vida. Cautivada por el espectro inmortal, quiso ser partícipe de su desdicha, para beber eternamente de la funesta condenación…
De aquella última madrugada relampagueante recordó, ofuscado, la ingenuidad de sus anhelos y contuvo el deseo de destruir todo aquello que, en aquella misma alcoba, rodeaba su inmundicia. Tras un sollozo impotente, el príncipe siniestro continuó evocando su desgracia, rememorando arrepentido su cólera, después de rechazar sus súplicas para no condenar su cuerpo a tan pútrida existencia.
No permitió que la tentación amorosa calmase su ira, y expulsó entonces a la joven de su castillo, intentando alejar así su inminente e instintivo deseo de darle muerte eterna…Lejos de aquel ser oscuro y su corte esperpéntica huyó Favole, en llanto tortuoso por mil ciudades distintas, siempre con el recuerdo del blasfemo amor que sintió entre los vastos muros del alcázar nebuloso.
Jamás imaginó que su barco atracaría en Génova, ciudad en la que trazó eslabones con sus recuerdos, y soñó con volver a cruzar el mar algún día, para reencontrarse con el fúnebre país de los espectros sin reposo.
Pero fueron los años de ausencia y locura los que afligieron el rostro de la Reina de los proscritos.
"Favole…", suspiran al unísono los fantasmas de sus tétricas marionetas.
Y sin más dilación se arrojó al mar de Génova, para asfixiar su vida en oleajes tempestuosos.¿Y quién no la recuerda sonriendo a su mustia existencia y sucumbiendo bajo las aguas, enclaustrada como un jorobado en oscuros campanarios? Favole, confidente de los desdichados y deformes expulsados de este mundo. Hija de Cuasimodo. Una bellísima comitiva de sirenas ambiguas acompañaron a la joven en su infortunio, y enterraron su cuerpo ahogado bajo las húmedas tierras del valle de Neptuno. En el último sueño de la difunta, el soberano de los mares obligó a Favole a errar eternamente en el sopor de los condenados y trazó un muro infranqueable que separó para siempre a los dos amantes en diversas realidades… Lejos de su tumba acuosa, viaja ahora en carrozas guarnecidas de diamantes y resplandece hialina cuando recorre las cimas heladas de las montañas, ataviada en suntuosas vestimentas flotantes y zapatos de cristal recamados de zafiros.
No hay noche en que el vampiro legendario no evoque en sus sueños el regreso de Favole a sus salones barrocos, para hilar bailes al son de la música. Mas ya no se esconde entre las perlas de cientos de máscaras de alargadas narices. Ahora corre valiente entre la maleza de los bosques veroneses y juega a enterrarse bajo las hojas para soñar con cuentos de hadas. Le cuenta a su amante lejano que, cuando era niña, jugaba con las ratas de las calles, y ellas la acariciaban dulcemente, porque fueron ellas las únicas que aprendieron a amarla.Desde entonces, un teatro de marionetas terminó su función, para dar paso a un baile de música y color. Siempre volvería a su memoria las miradas misteriosas de los bailarines enmascarados, los que se enamoraron de Cenicienta en un palacio veneciano.Bajo las bóvedas de infinitos corredores seguirá su camino ahora…"Te esperaré en Génova, amante imaginado…"
Y mientras repite esas palabras, volverá a recorrer el puerto antiguo más bello del mundo, y bordeará el acantilado de Nervi… cuando la Luna esté casi llena y las luces de un paisaje marítimo proyecten melancólicas luciérnagas sobre las calmadas aguas. En el océano de sus recuerdos, permanecerá eternamente el oscuro galán que quiso bailar con ella, siempre vivo en la estación de los príncipes.
Y cuando la medianoche se haga presente en la mágica nocturnidad, marchará de Génova sin olvidarlo jamás, para retornar a la ciudad de los canales oscuros.Allí, en el umbral del Puente de los Suspiros, nos contará esta historia, acompañada por la música de un violín iluminado.
Allí, en su palacio dorado, descubrirá su rostro, bello... añorado.