domingo, 26 de octubre de 2008

Favole (Angel Wings)


Favole


Angel Wings


por Victoria Francés








1. EN BUSCA DEL CIELO…


Érase una vez una niña huérfana llamada Neve que vivía en una cabaña con la única compañía de su gatita Emma.

Juntas las dos, jugaron durante muchos años en un paraíso nevado, donde el invierno jamás llegaba a su fin y los copos de nieve caían sin cesar sobre los páramos del país del hielo.

Un día, su gatita se quedó dormida para siempre. Neve no era capaz de entender por qué sus ojitos no se abrían de nuevo…

Pasó el tiempo, y viendo que Emma no despertaba, decidió visitar un pequeño cementerio que había al pie de las montañas. En éste, los epitafios de las lápidas hablaban de un misterioso lugar adonde se marchaban todos aquellos que cerraban los ojos para siempre… El Cielo.

Entonces, creyendo entender el enigma que encerraba la muerte, la muchacha dejó el cadáver de su gatita entre los brazos de un ángel de piedra y partió en busca del cielo…

Durante el viaje, fue confeccionándose un vestido digno de los más bellos querubines que poblaban los cielos, y con las plumitas que los cuervos perdían en el vuelo se hizo unas pequeñas alas de ángel.

“Si todos aquellos que nunca han despertado están en el cielo, allí encontraré a mi gatita…”, se repetía Neve, mientras corría esperanzada bajo los copos de nieve.

Una noche fría, mientras del firmamento caían lágrimas heladas, Neve se tumbó en la nieve y exhausta de tanto caminar, se quedó dormida. Lentamente, los copos de nieve comenzaron a congelar su cuerpo cubriéndolo con sábanas de hielo... y entonces escuchó a su gatita maullar…

Desde aquel momento, la nieve cae dulce como el azúcar y los labios amoratados de los muertos esbozan sonrisas de felicidad.

Neve encontró a su gatita aquella noche, mientras dormía un sueño eterno, y juntas se convirtieron en los más bellos ángeles de los cielos nevados…

Dos hermosos ángeles con alitas de cuervo y vestidos morados.



2. CONFECCIONANDO UN SUEÑO…


Todos hemos querido alguna vez sentir que fluye en nosotros el ambiente de un mundo imaginario, como las volátiles telas de un vestido o el mórbido tacto de las alas de un ángel…
Dejemos, pues, que la imaginación, al igual que el vestido de un cuento, vuele por sí sola en nuestro mundo cotidiano…

Gracias a Bibian Blue por colaborar en este proyecto y, con ello, hacer realidad el mundo de los sueños.

Puede ser que un cuento de fantasía sea más real que aquello que podemos ver y tocar, que los duendes y los espíritus existan de verdad, pues cualquier mundo que imaginemos puede llegar a ser real.

Por ello, ¿qué mejor homenaje a este pensamiento que confeccionar un elemento que tuvo su origen en un cuento de hadas?

Favole (3. Gélida Luz)


Favole



3. Gélida Luz



por Victoria Francés


INTRODUCCIÓN



En la orfandad de los pantanos se oye de nuevo la poesía de los espectros…

Cuenta el viento que las damas de rostros pálidos continúan sonriendo a la eternidad y sueñan con la esperanza de encontrar un atisbo de luz en sus noches sin fin.

Venecia se hundía para siempre bajo las aguas del recuerdo, y los espectros que acompañaron a Favole en cada noche de condena despidieron su imagen cuando decidió marchar de la urbe flotante persiguiendo una esperanza. Sin embargo, un pequeño espectro, llamado Sacha, nunca la dejó marchar sola…

El espectro vampiro viajó en busca del camino hacia la paz eterna y, atravesando países gobernados por la inquisición cristiana, conoció a Ebony, la bruja de los bosques.

En un pacto entre poderes oscuros, la hechicera le mostró el camino que debía seguir hasta la salvación de su alma y, lejos de gatos negros y de hogueras ardientes, los paisajes oníricos de Rumanía esperaban su llegada.

En el interior de un castillo fantasmagórico, Abel, un vampiro de rostro angelical, le mostró una antigua reliquia: un amuleto que una vez perteneció a una princesa rumana, cuyos sueños se vieron truncados al morir bajo la estaca de los aldeanos.

Después de relatar a Favole la leyenda gestada en torno a dicho legado, el vampiro de porte majestuoso le concedió el Necross, medallón cuya luz era la misma llave de la muerte.Desde entonces, aquel misterioso amuleto guió a Favole por el camino de la esperanza, y el olor a muerte se hizo cada vez más intenso…

Al final del otoño, Favole seguirá un sendero de violetas a través de un paraíso helado y dejará que la hiedra de su sepultura trepe por muros imposibles, deseando cubrir el añorado castillo del país de los vampiros.

La Gélida luz está cerca…



LA DOLOROSA

DULCE EPIDEMIA

Las últimas luces del atardecer brillaban en toda la extensión de los pantanos profundos; una luz dorada que llegaba a su fin, pues la placenta lunar ya se divisaba a lo lejos y los sonidos nocturnos comenzaban a susurrar sus melodías en la intemperie del páramo acuoso.

Esmaltada de luto, Favole, el espectro nómada, se hizo presente entre los últimos suspiros del otoño. El lagrimeo constante de su mirada se tornaba escarcha lentamente… y casi podía advertir la inminente llegada del invierno en el gélido silbo del viento.

En ocasiones, ese mismo gemido de la brisa parecía pronunciar su nombre, cual sinfonía de hadas y ondinas tristes.

Lentamente, la luz del atardecer comenzaba a morir en las ciénagas de agua turbia y, a los pies de un arroyo, la pestilencia inundaba el ambiente al tiempo que varias muchachas de largos cabellos emergían de las aguas infestadas de carencias. Liberándose de las ciénagas donde el vacío y el olor a muerte asfixiaba el canto de los sapos, aparecieron ante Favole las esperpénticas hadas del desamparo.

Una de ellas se adelantó ante Favole y pronunció su nombre: Anna…

Su cabello dorado caía lánguido y mugriento, y sus ojos azules como zafiros estudiaron detenidamente a la dama espectral.

-La Dolorosa, reina de estos páramos, me advirtió de tu llegada, Favole –susurró con voz tímida la hermosa ninfa-. Hace años que su imagen albina no aparece ante nosotras, sus hijas, pero ha sido esta noche cuando hemos vuelto a oír su voz… que te llama a su lado… no sin antes provocar su despertar, para que su imagen se libere de siglos pasados y para que su piel se torne joven y nívea como antaño.

El séquito de sílfides melancólicas continuó con su invocación mientras Anna se abría las venas de la muñeca con un corte limpio para derramar su sangre en la tierra humedecida.

Seguidamente, besó con dulzura a las ratas que corrían entre las crujientes hojas y, mordisqueando sus pequeños cuerpos, volvió a esparcir un reguero de rubíes para que Lavernne, madre de todas ellas, brotase cual flor naciente.

Un esplendor gélido como el hielo iluminó la intemperie de la ciénaga y un ente albino se materializó ante Favole, mientras el resto de las ninfas corrían asustadas hacia la frondosa oscuridad del bosque.

Su cuerpo desprendía un halo tan brillante como las alas transparentes que dotaban de majestuosidad a la llamada Virgen Dolorosa. La reina féerica, que durante siglos había permanecido en continua metamorfosis, ahora lucía como nunca tras despertar el letargo en su blanca crisálida.

Impulsada por la presencia de la diva alada, Favole dijo:

-Deseo conocer el camino, el sentido real de mi existencia y la salvación de mi alma…

-Favole, la clave es la muerte. No existe más salvación que la que te otorga el verdadero ángel oscuro –sentenció el hada albina con voz portentosa.

-Pero mi cuerpo se asfixió hace muchas eternidades, y su beso revivió mi alma, para vagar en soledad –contestó Favole-. Estoy muerta; mi corazón jamás volvió a palpitar.

-La muerte no te besó jamás, ni tan siquiera yo la he conocido –continuó Lavernne-. Tu corazón dejó de latir bajo las aguas del mar, pero su tempestad nunca te sumió en la muerte verdadera.

Escucha el silencio… en mi reino la vida no existe, pero algo nos une a ella… Pequeños sapos han muerto en mis manos y, después de enterrarlos bajo el lodo, he vuelto a oír su croar agónico perdido en la distancia. La coral de voces muertas continúa con sus melodías, ésa es la música de mi reino, el último hálito de vida terrenal… El sufrimiento congela nuestra existencia en un estado entre la vida y la muerte. Hay quien busca la luz para liberarse de él, pero la mayoría de las almas que no hallan descanso y quedan estancadas para siempre, como las aguas de mi reino.

Escucha el silencio… en mi reino la vida no existe, pero algo nos une a ella… Pequeños sapos han muerto en mis manos y, después de enterrarlos bajo el lodo, he vuelto a oír su croar agónico perdido en la distancia. La coral de voces muertas continúa con sus melodías, ésa es la música de mi reino, el último hálito de vida terrenal… El sufrimiento congela nuestra existencia en un estado entre la vida y la muerte. Hay quien busca la luz para liberarse de él, pero la mayoría de las almas que no hallan descanso y quedan estancadas para siempre, como las aguas de mi reino.

La muerte es el fin, el silencio eterno, la nada… Busca la muerte y limpia tu sufrimiento. El Necross que pende de tu cuello lucirá cuando sientas su llegada…

El hada desapareció lentamente y dejó al espectro errante ante la superficie escarchada del pantano. El silencio era inmenso…

Favole continuó su camino y dejó atrás la pestilencia de las ciénagas oscuras. En las profundidades del pantano, la dulce epidemia continuaba y cientos de vírgenes sollozantes morían como todas las noches, dejando sus cuerpos extendidos cual Ofelias en las aguas putrefactas del pantano.

En el reino de la Virgen Dolorosa el frío era cada vez más intenso… Y unos cantos melodiosos anunciaron la muerte del otoño.




ANGELIQUE

VIOLETAS ENTRE EL HIELO

“La muerte es un ángel”, cantaba Perséfone, la niña enfermiza que soñaba con ser mujer, bailar en salones con cientos de pretendientes y vivir en un cuento de brujas y fantasmas.

Su mirada lánguida de muñeca triste cruzaba constantemente el ventanal de su cabaña, donde la nieve caía dulcemente y cubría el camino hacia el bosque.

Perséfone estaba acostumbrada a la enfermedad desde su nacimiento y, aunque el frío de la nieve fuese mortal para ella, decidió salir aquella mañana, dar un pequeño paseo por el bosque y sentir el frío que su madre le prohibía constantemente… no sin antes espolvorearse el rostro blanco como la nieve, pintar de carmín un corazón en sus labios y peinarse los bucles de ébano.

Ataviada como una hermosa princesa, salió de la cabaña y se adentró en el bosque helado, mientras mordía una manzana tan roja como la sangre… Hacía mucho frío, tanto que las piernas en ocasiones parecían no obedecerla y el pecho se amorataba dolorosamente. Agotada, decidió asentar el cuerpo en la nieve y se puso a temblar.

“Rojos como la sangre son tus labios, Angelique, negras tus alas de muerte cuando vengas a por mí…” cantaba la niña y, sin motivo, comenzó a sangrar debajo de la falda morada y corrompió la pureza de la nieve… Su primera menstruación había llegado y, con ella, el fin de su infancia.

De repente, un cortejo de mariposas violáceas le cruzó por delante del rostro y, a causa del sobresalto, un bocado de la manzana obstruyó la garganta de la niña.

El frío de la nieve y la roja manzana se inyectaron como un veneno letal en la muchacha, que falleció de asfixia, en plena pubertad.

En el camino entre la vida y la muerte, abrió los ojos por unos instantes al mundo de los espectros.Sorprendida, observó cómo una doncella fantasmal de cabellos cárdenos abrazaba su cuerpo sin vida y lamía la sangre de su falda…

-¿Eres tú la muerte? –preguntó el alma de la niña a la misteriosa vampira.

-No, tu sangre es mi alimento; éste es el mundo de los espectros. La muerte es un ángel, ¿recuerdas? –respondió Favole.

“…Angelique…”, susurraban las ráfagas de viento y nieve a su llegada

Y ante ellas apareció un hermoso ángel de alas negras que sonreía dulcemente mientras iba dejando a su paso una senda de violetas deshojadas… Perséfone sonrió al ángel de sus canciones, al tiempo que su alma desaparecía en la más absoluta felicidad. Jamás volvería a estar enferma…

Pero Favole continuaba en el mundo de los espectros mientras degustaba la sangre de un cuerpo recién fallecido y miraba de nuevo a la bella dama de alas negras. Su cabello era largo y oscuro, sus ropas permanecían extendidas en la nieve y cientos de mariposas violáceas revoloteaban a su alrededor.

Como si de un sueño se tratase, la hermosa dama se agachó ante Favole y le acarició el rostro. Volvió a sonreír y desapareció, llevándose consigo el alma de la niña…

Un sendero interminable de violetas comenzó a formarse en la nieve y Favole, impulsada por una fuerza superior, se alzó siguiendo aquel rumbo. A lo lejos, un castillo imponente se alzaba sobre el país de los espectros… y el Necross comenzó a lucir en su pecho.

El camino fue breve, dulce y lleno de esperanza. La gélida luz iluminaba a Favole hacia su salvación y, cuando el camino de violetas llegó a su fin, el espectro errante miró hacia atrás por unos instantes. A lo lejos, en el lugar donde Blancanieves encontró la paz, los cuervos y las mariposas volaban con total armonía custodiando su féretro de cristal.

“Oh, muerte… cómo te amo”, susurró Favole, y las puertas del castillo se abrieron a su paso…



GÉLIDA LUZ

EL FIN DE LA TINIEBLA

La luz de los candelabros iluminaba un inmenso salón en el interior del alcázar nebuloso. El baile de máscaras que allí se celebraba llamaba fervientemente a Favole, quien comenzó a recordar cada sonido, cada acorde de los clavicordios y cada una de las melodías que herían en sus violines los músicos de la corte fantasmagórica.

La música era ensordecedora y llenaba cada rincón del castillo. Las máscaras revoloteaban ocultando el rostro de los presentes, y cientos de parejas de bailarines danzaban un vals mortuorio flotando por doquier.

El espectáculo embelesó por completo al espectro recién llegado y sintió cómo la música inundaba su ser, la atronadora sinfonía de réquiem adormecía sus sentidos y pronto oyó estruendosas carcajadas de todos los asistentes al baile ante el decaimiento de Favole.

Sus bocas lucían rojas como rubíes mientras mostraban los colmillos con muecas diabólicas y sus cuerpos céreos giraban alrededor del espectro vampiro, que se había desmayado en el salón, víctima de aquel embrujo musical.

Lentamente, las melodías dejaron de sonar, las carcajadas desaparecieron junto con los fantasmales bailarines, y se hizo el más profundo silencio, mientras las llamas de las velas perdían su fuerza y sumían el ambiente en la más onírica oscuridad.

Favole despertó del sueño inmóvil como una estatua, congelada en la superficie de un antiguo espejo que se alzaba, grandioso, entre las telarañas de una fría alcoba.

El olor a incienso inundaba la estancia y el sonido de un único violín comenzó a sonar de nuevo…

Ezequiel, vampiro y monarca del país de los espectros, permanecía erguido frente al ventanal de la alcoba, haciendo sonar su antiguo violín dorado. Pero una extraña luz interrumpió su triste melodía. Buscando aquella misteriosa señal que provenía del espejo, fijó la mirada parra observar mejor su superficie. Lentamente, unas lágrimas de sangre se deslizaron por sus mejillas al reconocer la imagen reflejada en el espejo.

El Necross lucía como nunca en el cuello de la muchacha congelada en los reflejos del cristal. Lucía tanto como el camino que divisaban las almas antes de encontrar la paz antes de encontrar la muerte. La luz de la paz y el silencio absoluto.

“…Favole…”, susurró el vampiro ante la imagen cautiva del espejo. Y entonces entendió el sentido de aquella luz…

Como un muñeco autómata, obedeció el mensaje que aquel mágico amuleto le dictaba; se dirigió hacia la puerta que sellaba la alcoba y la rompió de un solo golpe.

Y alcanzando una de las estacas que había en la habitación, atravesó su corazón sin vida y desató al demonio que durante eternidades había gobernado su existencia nomuerta en el reino de los vampiros.

Todo fue un acto fugaz… la muerte llegó y, con ella desapareció la luz del Necross, al tiempo que el espejo estallaba en mil pedazos.

Desde entonces, el sufrimiento dejó de atormentar a las dos almas que renacían juntas en el mundo secreto de los espejos; la condena había llegado a su fin…

El alma purificada de Ezequiel volvió a ver a Favole por primera vez en siglos… en el cruce de caminos entre la vida y la muerte. Y Favole encontró así la salvación.

La Gélida luz se hizo ante ellos al final de un sendero de hojas muertas. La nieve había desaparecido en aquel lugar y, a lo lejos, el castillo de los espectros ardía en llamas purificadoras…

Antes de dirigir sus pasos hacia la luz, las dos almas advirtieron que un pequeño ángel sollozaba tímidamente entre las lápidas del cementerio.

-¿Cuál es tu nombre, pequeño? ¿Por qué lloras escondido entre los muertos? –preguntó Ezequiel al niño huérfano.

-Me llamo Sacha, y he dedicado mi vida a dar amor. Pero nunca lo he encontrado. Me he perdido y estoy solo. ¿Puedo ir con vosotros? –preguntó el ángel de sudario mugriento y alas blancas al mismo tiempo que descubría su rostro y se agarraba a la mano de Favole.

Y cogidos los tres de la mano atravesaron un camino de ángeles que no cesaban de llorar ante la despedida. Y sintieron aquella luz, fría como el hielo…

Los ángeles de piedra levantaron su mirada en silencio. En aquellos instantes, un sinfín de perlas de agua comenzaron a humedecer sus cuerpos.

Ríos de lágrimas que brotaban del cielo…


Fin

Favole (2. Libérame)


Favole


2. Libérame



por Victoria Francés






INTRODUCCIÓN




Érase una vez, más allá de los bosques, un lúgubre castillo que se alzaba imponente ante mis ojos…

Aseguran los cuentos de hadas que, en su interior, la luz del sol no existe y que la tiniebla más densa acaricia los rostros deformes de los que nacen en soledad.

No hay duende que ose acercarse a contemplar la fortaleza, ni tan siquiera las más hermosas ninfas, que escapan aterrorizadas ante la imagen oscura de su silueta.

Sin embargo, yo nunca tuve miedo. Y cuando atravieso los bosques para observar sus altas almenas, algo embruja mis sentidos y quedo embriagada por los dulces perfumes que emanan de él, noche tras noche… canela, sándalo, miel…

Sin prestar atención a la armonía del país de las hadas, salí una noche en busca del enigma que todos temen. Y allí, entre los muros de la siniestra fortaleza, conocí el oscuro misterio… un castillo abandonado. Aquella noche, corrí feliz a través de sus largos pasillos y besé cada una de sus antiguas armaduras. Encendí los candelabros que durante años permanecieron sin luz, y me enamoré para siempre de la soledad que allí se respiraba… de la expresión horrible de una gárgola, que no era más que el verdadero rostro del castillo. Una bestia que gritaba al exterior, tallada en la fría piedra, inmóvil y solitaria.

A la mañana siguiente, desperté convertida en aquella misma escultura monstruosa, unida a su piedra para siempre. Y muero de placer cada noche de tormenta, cuando siento fluir la lluvia sobre mi cuerpo pétreo.

Me enamoré de un castillo que todos evitaban por temor. De sus almenas rotas y ventanales puntiagudos, de sus gárgolas y portones monstruosos. Es tan hermoso sentir cómo sus muros me acarician los pechos y su frío penetra en mi cuerpo…

En un inmortal abrazo quedamos para siempre unidos en el estatismo de la piedra, y ahora él y yo somos un solo ser que irradia pasión tras el manto pétreo de una gárgola. Y sé que juntos formamos una pareja de monstruos y que los demás repudian nuestra unión. Pero ese desprecio no consigue más que duplicar el amor que sentimos el uno por el otro. Nuestras lágrimas son calientes como la sangre, no existen ángeles tan bellos como nosotros…

En el corazón de esta leyenda, los ángeles se enamoran de los demonios y los caballeros de los cuentos de hadas enloquecen por las princesas deformes.

Lejos de todo sufrimiento, la hojarasca danza al son del viento y trae consigo nuevos perfumes…Oh, cuánta belleza palpita en lo desconocido…






PRÓLOGO

In loving memory…






Bajo tormentas de siglos, bellas damas de semblante lánguido renacieron tras la muerte a manos de un vampiro legendario, Ezequiel, el cual viajó durante eternidades a países de atmósferas lóbregas, se sumergió en la melancolía de los lagos nebulosos y atravesó miles de cementerios de ángeles mutilados…

En el recuerdo de sus más queridas discípulas fluirá por siempre una misteriosa doncella de procedencia veneciana llamada Favole, pues los años que vivió con ella marcaron el resto de la existencia del príncipe siniestro.

Cuenta la leyenda que Ezequiel rechazó en el pasado los anhelos de convertirla en su esposa eterna para no condenar a su alma a vagar eternamente como un vampiro. Y al querer alejarla de la muerte, la expulsó de su castillo, y ella huyó lejos de su país para intentar olvidar su recuerdo. Pero la tristeza consumió su vida cuando se arrojó a las aguas de un mar embravecido…

Desde entonces, el espíritu de la dama veneciana renació tras la muerte como espectro vampírico que purgaba sus penas sin poder encontrar jamás el camino hacia su amante siniestro. Y en su condena, regresó de nuevo a Venecia para errar eternamente en el purgatorio de los suicidas.

Los años han pasado lentamente y Ezequiel continúa estancado en las tinieblas de su país fantasmagórico, condenado a descansar bajo la tierra de su patria. Todavía vive en el arrepentimiento tras haberse negado a bautizar la sangre de la hermosa doncella, pues es ahora cuando desearía volver a tener la oportunidad de sumar aquel nombre a su estirpe diabólica.

La Luna que preside el clamor de la noche sabe que el príncipe vampiro sueña con Favole durante eternidades, encerrado en la oscuridad de un féretro magullado…

Existen hálitos de esperanza… pero por ahora sólo puede seguir esperándola y soñar con la imagen de cientos de cuervos que continúan picoteando su nombre tallado en el palacete marmóreo que levantó en honor a su memoria.

En el mismo santuario donde los ángeles sonríen con dulzura a los yacientes y las hojas muertas danzan al son de los violines heridos…

¿Y ese niño? ¿Es un ángel o un demonio? Lo único que sabe de su dulce aparición es que su voz es música, sus ojos irradian ternura y algo en él le dice que está tan solo como ella.

Arriba febrero, y el Carnaval esparce sus alas diamantinas en cada uno de los rincones de la urbe flotante, y es cuando la marca de la mejilla resplandece aún más en su mirada para no borrársele jamás del rostro. Susurran las aguas de su querida ciudad, que es el símbolo de los que desean hablar y son mudos, de todos aquellos que quisieran ser amados, pero sus cuerpos deformes horrorizan a los mortales…

“Qué triste y hermosa es mi ciudad…”, solloza el hada de los sepulcros mientras esboza una cándida sonrisa. Un aroma dulce como el almíbar atestó cada rincón de las bellas islas italianas, mientras el ocaso teñía las aguas de Venecia en tumultos de rubíes resplandecientes…

“Sacha…”, susurró Favole al pequeño espectro. “Debo irme de Venecia hoy mismo, pues el blasfemo amor ha comenzado a irradiar en mi interior, y en este paraíso de lápidas que inundan nuestra isla funeraria, el mármol parece ser cálido y los muertos sonríen en sueños, allí abajo, mientras acarician la tierra húmeda cual sábanas arremolinadas en este palacio de barro y rostros de color marfil. Ahora deseo con mayor vehemencia reencontrarme con mi antiguo amante y con él… obtener mi salvación. Así demostraré al mundo que también los malditos sabemos amar…”

El niño melancólico sonrió a la deidad de las sombras le besaba la cérea mejilla, y enfundado en su pequeño sudario, salió a jugar con la hojarasca del camposanto al mismo tiempo que su cuerpo comenzaba a desaparecer en el silencio del laberinto mortuorio.

Una bandada de espectros ocultos en blancas bautas despidió a su ilustre reina mientras lloraban constantemente; al mismo tiempo, en un rincón de la urbe veneciana, un niño de semblante macilento suspiraba en la distancia acurrucando su cuerpo a los pies de la basílica de San Marcos.En el tapiz del firmamento, el crepúsculo enlutaba de nuevo la atmósfera de una laguna muerta de tristeza, cuyas aguas aumentaban su caudal en llantos iracundos.

Y Venecia se hundió para siempre bajo las lágrimas de los espectros.






CAULDRÓN


Ebony jamás ha sentido la calidez de un beso. Sin embargo, las espinas de su alma enzarzan un corazón que late enloquecido, confundiendo la verdadera necesidad de amor con el odio más puro y vengativo… En el seno de una familia religiosa nació Ebony, marcada por una malformación en su sexo. Al cumplir el primer año de vida, vivió en el rechazo de sus progenitores tras ser abandonada entre la arboleda de los bosques más siniestros.

Expulsada de la cruel aldea, la joven bruja creció en el desamparo de los bosques, ocultándose así de un país sumido en el fanatismo de la Inquisición católica, cuyos habitantes identificaban toda deformación con la señal del maligno.

Desde entonces, su niñez fue acogida por los bastos robles y por los zorros que descienden de las montañas, y dedicó su desdicha al estudio de la magia negra, para con ello conseguir el poder absoluto en su inminente venganza.

Hace tiempo que un espíritu vampírico llamado Favole se cruzó en su camino, atraído por su invocación, y entre cientos de pócimas humeantes y abadías abandonadas intercambiaron sus anhelos más profundos y sueños de almas moribundas.

Ebony conocía a aquella presencia fantasmal, pues durante años buscó la clave de su encuentro, y en aquellas veladas supo que su dolor sería comprendido por el espectro, quien también poseía el poder necesario para otorgarle el don de la venganza.

El atardecer consumía sus matices cárdenos, y en un valle de lápidas la hechicera solitaria extendió su cuerpo en la penumbra de la necrópolis, para conjurar de nuevo a la hermosa ninfa del desarraigo.

Sólo un beso de sus labios sería suficiente para que Ebony naciese a las tinieblas del vampirismo, y con ello dar muerte a todos aquellos que antaño repudiaron su infancia y maldijeron su cuerpo imperfecto. En aquel mágico cementerio, Favole se presentó ante ella, y le propuso una simple condición a cambio de su ósculo siniestro… la revelación del camino que debía seguir hasta su salvación.

Sin más dilación, la bruja de ojos felinos hizo acopio de sus artes adivinatorias para vislumbrar un castillo rumano en cuyo interior se encontraba la clave de su viaje en pos de la salvación.

El silbo del viento se hizo cada vez más sonoro entre la piedra agrietada de los sepulcros, y una mirada de complicidad entre el espíritu vampírico y la hechicera brilló en el esplendor de los haces lunares.

Aquella noche Favole besó los labios de la joven bruja y sonrió satisfecha mientras volvía a admirar su belleza agonizante en la soledad del camposanto.

Ebony renació después de la muerte sintiendo que su corazón no palpitaba más y que su piel palidecía en espasmos gélidos…

En aquellos instantes de incertidumbre, la vampiresa novicia dejó escapar sus lágrimas mientras Favole acariciaba su cuerpo trémulo. La sílfide veneciana se despidió de Ebony fundiendo su cuerpo en las nieblas, y siguió entonces su camino hasta Rumanía. Desfalleciendo de tristeza, comprendió cómo el don oscuro que Ebony agradecía no sería más que su propia perdición…

Cuentan los árboles muertos que la hechicera abusó de su poder para dar muerte a los culpables de su abandono. Impulsada por la ira, no aprendió de su nueva condición, y en su torpe inexperiencia fue prendida por los aldeanos sin haber culminado su venganza… cuando la noche llegaba a su fin y el alba debilitó sus poderes oscuros.

Desde aquella última noche, los viejos robles que la vieron crecer acunan en sus ramas a una pequeña gata negra, cuyos maullidos despiertan por las noches a todos los niños que ríen felices jugando en la placidez de sus aldeas.

Ebony ardió en la hoguera de la purificación cristiana al amanecer, mientras lloraba en la frustración de su corazón herido. Y en su expirar, su alma jamás ascendió a los Cielos. Es más, ahora sus ojos resplandecen en la oscuridad cuando recorre la arboleda nocturna y aprende a cazar a los desafortunados roedores que se cruzan en su camino. Después de consumar sus cacerías nocturnas, vuelve a maullar en celo mientras corre entristecida por los bosques, deseando encontrar a alguien que algún día vuelva a besar su pequeño cuerpo.

En lo alto de una colina maúlla Ebony mientras transforma su piel quemada en mórbidos pelajes de ébano. Observa la aldea y luego marcha solitaria para dormir enroscada bajo las hojas…






NECROSS


A tierras rumanas llegó Favole, mientras levitaba en la oscuridad onírica de los bosques y sentía cómo entregaba su espíritu al laberinto fúnebre de las tinieblas.

A lo lejos, la Luna llena latía en la intimidad del firmamento y deshojaba su resplandor helado…En constante peregrinaje a través de un bosque de hadas, observó cómo un hermoso castillo se alzaba rasgando las escasas estrellas de los Cárpatos.

Adormecida por aquel idílico paisaje, una densa niebla hizo desfallecer sus sentidos y dejó que el cuerpo de la doncella espectral se desplomase en un desmayo enfermizo, mientras extendía sus ropas ante la expectación de los seres nocturnos…

“Favole… -invocó el silencio- Despierta, huérfana de las tinieblas…”.

Y en el interior de unos vastos muros de piedra, volvió a abrir sus ojos y clavó su mirada en la gallarda imagen de un joven vampiro de cabellos dorados y ojos pálidos. Su piel azulada advertía que todavía las venas no estaban alimentadas, y en aquellos instantes, acercó a sus labios un cáliz rebosante de sangre que propinó a su imagen la calidez dorada de los ángeles.

El vampiro permanecía erguido ante las llamas de los candelabros que inundaban la gran estancia, y su porte lozano y majestuoso brillaba en destellos titilantes. En presencia de la doncella veneciana, el nomuerto comenzó a relatar cómo su intuición vampírica le hizo saber que, esa misma noche, un espectro inmortal descendería en vuelo hasta su morada.

El apuesto vampiro de facciones angelicales afirmó conocer el propósito de su viaje, y entonces aseguró conocer también el camino hasta Ezequiel… el mismo no muerto que siglos atrás convirtió en vampiresa a su madre, Marquise.

Aquellos mismos aposentos parecían formar parte de un sueño, pero Favole sintió la frialdad de la piedra en su despertar, y pronto comprendió que el lóbrego salón en el que se hallaba lucía más real a la luz de la luna, y notó que sus labios tiritaban de frío en el interior yerto del castillo.

“Mi nombre es Abel…”-continuó el vampiro mientras asentaba su cuerpo a la vera del espíritu vagabundo-. Nací a las tinieblas en el seno de una bellísima princesa rumana y su amado ángel de piedra. Hace años que la oscura presencia de mi madre dejó de entonar sus melodías al morir para siempre a manos de los aldeanos, bajo la purificación de una estaca redentora…

“Desde su muerte, mi padre vela sus restos mientras sus alas resquebrajadas continúan dando sombra a la sepultura de su amada princesa…”

Después de revelar su identidad, mostró a Favole el Necross, un amuleto que años atrás perteneció a su madre, Marquise. El joven vampiro le desveló el poder que dicho legado poseía. Con él, la princesa rumana lograba hacer realidad de ver con vida a su amada escultura de piedra. Ahora, en contacto con su nuevo poseedor, abriría caminos ante toda condena…

“Este amuleto te marcará la senda hacia la salvación, que hasta ahora ha permanecido oculta en tu castigo eterno. Comienza desde esta noche tu verdadero destino, Favole. Y abre los ojos a una nueva vida…”

Discurrieron lentamente los mantos nocturnos en la inmensidad de los bosques de Rumanía, que comenzaba a vivir sus últimas horas tiznadas por la negrura de las tinieblas. Durante aquel letargo atmosférico, la sílfide fantasmagórica despertó del sueño entre la arboleda al sentir el calor de una claridad inminente. A su alrededor, un hermoso páramo de difuntos se abría ante ella, y en la lejanía, un lobo blanco de ojos brillantes se perdía entre la vegetación siguiendo la senda hacia el castillo.

“Vuelvo a estar sola…” –susurró el hada de cabellos cárdenos mientras observaba el viejo amuleto que portaba al cuello.

En el mundo, el alba comenzaba a despuntar iluminando levemente los bosques oscuros, y el rocío de la mañana perlaba la melancolía de las lápidas…

En aquellos instantes, Favole se alzó ante el horizonte purpúreo que se iluminaba a su paso y sintiendo cómo el Sol comenzaba a debilitar nostalgias en la brisa. Y sintiendo cómo el Sol comenzaba a debilitar su naturaleza sinistra, continuó su viaje en busca de la salvación… sin rumbo, pero en compañía del misterioso amuleto.

Lejos del castillo onírico, marchó la princesa de los cuentos de hadas siguiendo el camino de las nieblas y los delicados perfumes de las flores de color malva.

“¿Y quién la espía oculto entre las ramas? –se pregunta un ángel abandonado-. Quizá sea un pequeño duende que no cesa de añorarla…”.

Favole (1. Lágrimas de Piedra)




Favole


1. Lágrimas de piedra


por Victoria Francés







INTRODUCCIÓN


Hechizada por épocas antiguas quedé por siempre…


En algún lugar de mis recuerdos, caminaron las damas en compañía de los desdichados, entre la mísera nostalgia de lo añorado, entre cientos de estatuas frías y demacradas…

El pálpito inmortal de mis anhelos me llevó hasta infinitos páramos de hojas muertas, inviernos desolados y castillos legendarios. Fue en un lóbrego pasillo interminable donde comencé mi camino, donde corrí atravesando cientos de bóvedas antiguas y en cuya arrullante oscuridad me perdí en la belleza de miradas lánguidas.

Hasta entonces, no encontraron mis damas el camino hacia el bosque, pues siempre permanecieron aletargadas entre los muros de mil fortalezas y mansiones oscuras, atormentadas por bestias grotescas en las mazmorras de mis sueños.

Mas siempre quedarán oníricos retazos de su existencia mustia, y sus escenarios continuarán sumiéndose en las nieblas, allí, donde el Sol se pierde por siempre y las ruinas del cariño siguen en pie bajo el violento lagrimeo de lluvias y tempestades.

El candil que se encendió para iluminar mi oscuridad dejó de emitir sus luces titilantes, para dar paso a la luz natural…

Ni siquiera yo lo recuerdo… pero encontré el portón principal del castillo, caminé a través de puentes levadizos y salí al exterior, atravesando las verjas que custodiaban mis sueños de claroscuros. Ahora me encuentro entre la arboleda. He visto duendes que me sonríen con sigilo y he flotado en estanques de aguas ambarinas. Pero más allá del bosque seguirán acechando peligros, tristezas y, por supuesto, miles de placeres. Supe que era libre cuando miré a mi alrededor y millones de sonidos y colores distintos se alzaron ante mí… Los cuentos antiguos retornaron a mi mente, y recordé entonces las carcajadas de las viejas brujas, que volaron sobre sus escobas en los cielos púrpura de mi intimidad.

Ahora me esperan ciudades que nunca vi, y descubriré las leyendas de príncipes misteriosos y el son de la música inmortal.

Si, a la postre, siento por fin el amor, será en brazos de un vampiro ensoñado, embriagada por la musicalidad de un salón dorado, fuera de todo espanto.

Sumida en su calor, frío y seducción…

Y mi nombre será Favole.



PRÓLOGO


Se apartó al lugar más oscuro de la fortaleza, y sin aliento contempló el horizonte...

La última vez que volvió a recorrer aquellos caminos supo que, más allá de los bosques de arboleda funesta, existieron resquicios de blancos sudarios manchados de lágrimas. Y en cada paraíso, cada atmósfera de pórticos antiguos y ángeles silenciosos, se trazan recuerdos jamás olvidados. Continúan sus negras lágrimas deslizándose al unísono sobre las níveas mejillas, y en expresión lánguida esbozan sonrisas, ocultándose en la penumbra.

Él conoció el rostro de todas aquellas damas a las que obligó a vagar bajo cielos tormentosos. Fue él quien, de entre todos los príncipes siniestros, se ocultó entre máscaras de horrendas bestias y besó las mejillas de las bellas lozanas.

Acariciando sus pechos turgentes, drenó lenguas de rubíes que fluyeron por sus venas, mientras las doncellas moribundas gemían de placer, desatando el rocío de sus lágrimas. Ezequiel… caballero enfundado en nieblas. ¡A ti maldicen los espectros dormidos en sábanas de hojas muertas! El glauco esplendor de tus ojos anhela anunciar la poesía de las damas sin descanso… ¡Infinidad de rosas marchitas lloran por ellas!

Ahora, cual hiedra trepadora, las siluetas ondulantes acuden a la soledad de una alcoba vacía, acompañándote en las telarañas de tus recuerdos, y al culminar remembranzas, sentirás nostalgia por volver a acariciar los cárdenos cabellos de una de ellas.

Apresada en tu irrealidad como un espectro oculto en campanarios abandonados… las rosas de sus labios gotean ahora la sangre de otras épocas…




VÍRGENES DEL LAGO


Aquella noche halló el primer esplendor del plenilunio en la memoria de aquel rostro albo. Una aparición blanca como la nieve…


Ezequiel despertó en su mente el recuerdo de Lavernne, la joven de dorados cabellos que, siglos atrás, había vislumbrado descender por entre los bosques, hacia los pantanos oscuros.


Rememoraba su esplendor lívido mientras hilvanaba estrellas en la madrugada…


Cuenta la leyenda que las antiguas Cruzadas dejaron huérfanas a muchas jóvenes enroscadas entre la penuria. Temblorosa tras imaginar la muerte en el cuerpo de su padre, Lavernne caminó en espasmos trémulos, perdiéndose en laberintos de sendas interminables.


Tras un suspiro ahogado, el antiguo vampiro dibujó en su mente la pureza de aquella fisonomía mortecina, repleta de lágrimas, a orillas de un estanque. Él calmó sus plañidos en vida, y en un culminante abrazo besó sus venas desfallecidas por la tristeza, dejando así que su cuerpo flotase extendido en la quietud de las aguas.


La imagina ahora, entre la superficie serpenteante de un lago. La imagina ahora, germinando en la lobreguez de las tinieblas…


Antaño encontraron su cuerpo, henchido a orillas de un río, y nadie supo jamás de lo ocurrido en aquel cuerpo céreo e inánime. Dicen que sus dorados cabellos se tornaron blancos, y que en sus labios amoratados se esbozaba una dulce sonrisa.


"Lavernne...", todavía existen reminiscencias de su nombre en los labios del nomuerto. En la soledad de su alcoba, se escucha la música de un viejo clavicordio que rememora la danza de sus cabellos blancos. Nunca más volvió a visitar su espectro estancado en las aguas, mas las hechiceras encorvadas le aseguran que, todavía hoy, se escuchan sus cantos de sílfide, remotos, desde las profundidades de los bosques.


En instantáneo hipnotismo, miles de niñas en celo siguen dejando sus aldeas para escuchar el final de sus melodías.


Todas ellas, huérfanas del cariño, visitan los lechos de sus padres después de muertas, y los sumergen en las profundidades del estanque, mostrando así el amor hacia su reina albina. Pues en la corte de las vírgenes sumergidas, es ella la emperatriz del paraje nublado, la Ofelia asfixiada en lodo, que se aventuró antaño a cruzar los ríos, delirando entre lloviznas.


Infinidad de huérfanas inocentes duermen a su vera, todas juntas abrazadas entre vegetaciones acuosas... vírgenes inmaculadas que conocieron el amor lésbico en caricias húmedas. Sueñan con dejar atrás su castidad y conocer el placer carnal en un palacete de torres de cristal, y coronadas en su demencia, cual niñas en paraísos soñados, quedan esperando la escarcha...


...para luego despertar inquietas su expirar entre espumas y algas. Ellas, las enamoradas del musgo, cortejadas por desdichados caballeros de armaduras oxidadas, que acuden engalanadas a millares de banquetes y bailes de máscaras...


La ilustre deidad albina pregunta a las ranas de mirada ausente por el nombre de su amante exánime: aquel príncipe impío que extendió sus ropas entre las aguas diamantinas y besó su cuello helado. Anfibios fantasmagóricos, empero, enmudecen ante sus ruegos, y guarecen así el escalofrío de un secreto.


Intentando entonces protegerse de la falta de amor, corona sus cabellos con flores silvestres y sueña que es reina y princesa en su palacio de agua y lodo... y espera eternamente volver a abrazar a un padre muerto en antiguas guerras, deseando hendir sus colmillos en ósculos sangrantes, para sumergirse los dos juntos en el reino de aguas invernales.


Más allá de un pantano inundado en nieblas, la princesa difunta seguirá apareciéndose, cual ninfa espectral al caer la tarde, cuando llueva en la intemperie de los árboles desnudos o cuando el otoño tiña de ocre las profundidades de un río arcano.


En algún lugar del palacio acuoso continuará Lavernne sollozando por su orfandad en tinieblas, purgando a la vez sus penas en aquel paraje de cieno y cristal donde una vez deambuló en su locura.Donde un príncipe arrojó su cuerpo al abrazo de aguas nebulosas...






ÁNGELES DEL SILENCIO


Marquise adoraba contemplar aquellos ojos pétreos bajo la luz mortecina de un candil... Tras el recuerdo de las ciénagas lóbregas, el caballero de semblante demacrado dejó fluir los años, para que brotase en su mente el recuerdo de Marquise, la princesa rumana de sus antepasados. De ella aprendió el lenguaje de los violines, la imaginación desbordada en tumultos de inspiración artística y el amor a la vida.

En su caminar constante de corazón idealista, sendas de lápidas se abrían siempre ante ella, la mirada de los yacientes tras epitafios desamparados y el son de la brisa entre la extrema languidez de los árboles del bosque.

Ezequiel imaginó recorrer la textura rugosa de la piedra con sus dedos, y fue entonces cuando comprendió aquella extraña pasión de Marquise por un idílico ángel de piedra.

Y es que aquella sonrisa hilvanada en dulces comisuras y aquellas alas rotas por el paso del tiempo embelesaron por completo desde su niñez a la joven princesa, qeu compartió su inocencia entre las sombras de la urbe funeraria.
Tanto llegó a amar a aquel querubín inerte que, con el paso del tiempo, nació en ella el deseo artístico de esculpir expresiones talladas, de reconstruir sus alas hechas pedazos y de tocar música para él con las rítmicas notas de un violín carmesí. Todo para intentar dotar de vida al ser pétreo que eclipsó su corazón.

El oscuro galán la espió en sus delirios artísticos durante años, y una noche se hizo presente ante ella y compartió sus inspiraciones, bajo la mirada atenta del ser alado. Ezequiel escuchó a la joven dama, que se sumergió en su imaginación enamoradiza, y le preguntó cómo podría dar vida a tan sublime ángel silencioso. Pero sólo respetó su inocencia unos instantes... y el vampiro voló, saciado para siempre, batiendo sus alas membranosas y dejando atrás a la niña moribunda, mortalmente bella a los pies de la escultura estática.

Desde entonces hasta hoy, la dulce muchacha vislumbra su rostro al anochecer, y es en un castillo lejano donde atraviesa cientos de muros imponentes o donde entona sus cantos, en el silencio de los corredores de la gran fortaleza. Entre las telarañas de su pasado rememora el rostro de todas aquellas damas retratadas de lánguida mirada, la frialdad enmarcada de antiguos caballeros o el refulgente esplendor de armaduras plateadas. Ezequiel siempre supo que, incluso después de muerta, ella retornaría a sus pasiones antiguas, recreando sus dones musicales y paseándose invisible cuando todos duermen.

Hace siglos que su dormitar es custodiado por un bello querubín marmóreo, cuyas frías alas rompen su vestido cuando despierta contemplando el paso de las estaciones.

El ángel risueño susurra su nombre en temblor rítmico, y ella por fin se siente tan muerta como él. Hace años que contrajeron nupcias, y en la fría yugular del amado liba la sangre ensoñada, sumiéndose en su fantasía sonámbula y haciendo el amor en desenfreno continuado.

Ezequiel miró por unos instantes las gárgolas de mirada horrenda, que se alzaban impetuosas controlando el horizonte. La doncella blanca dejó sus marcas entre las garras de cal y moho, desvencijadas, donde antaño desvistió el sudario que cubría sus pechos y en cuya superficie rugosa clavó hace años las uñas en busca de vida, mucho antes de comenzar su deambular hacia la senda del castillo.

Cual tiple perdida en la memoria, continuará sus melodías y cantos paganos entre los muros de un salón cubierto de polvo, allí, en los pasillos inundados de olvidados antepasados y armaduras oxidadas. Y jamás perderá el apego por su don artístico. Es más, danzará eternamente entre la hiedra provista de su viejo violín bermejo, tocando música para su amante pétreo. La princesa de los cuentos de hadas existe, como si fuere fuego fatuo en la realidad de aquel camposanto. Mas ningún príncipe necrófago volvió a visitarla jamás. Ninguno besó la mortandad de sus restos para resucitar su cuerpo esparcido entre la hojarasca.

Su padre oscuro nunca la olvida... su hija será la luz que guiará en su caminar a todas las niñas que murieron a manos de sus malvadas madrastras, a todas las brujas que en su desdicha ardieron tras ser juzgadas. Ella es el espectro del castillo, bella y eterna por siempre jamás... Entre la musicalidad de los violines permanecerá grabada su sonrisa, su imagen sibilina entre la niebla y la brisa...




TEATRO DE MARIONETAS


La densa nocturnidad pesaba en aquellos camposantos, rezumando siglos de añoranzas, y una vocanada de viento consumió la escasa luz oscilante de los candelabros...

Durante siglos, vivió el recuerdo de sus dos hijas, perdidas entre los polvorientos versículos de las leyendas... pero era en esos instantes cuando la efímera fragancia de unos cabellos color caoba inundaba la pequeña y oscura estancia.

El vampiro se apartó del ventanal y, agazapado sobre un ensombrecido lecho adoselado, comenzó a evocar la fascinación po aquel rostro que marcó el resto de su existencia.

"…Favole…", y su nombre resuena en cada rincón del castillo, martilleando el corazón helado del monarca afligido. Ataviado de luto, se dejó llevar hasta los abismos más recónditos de su nostalgia, y en su memoria encomendó el lastimoso recuerdo de aquella dama, traduciendo sus lágrimas de sangre en la pérdida de su más preciada joya…

Concibió su imagen siglos atrás, en la soledad de aquel paisaje lechoso, donde por primera vez vislumbró su cuerpo, tiritando en el sopor de la ventisca invernal.

Y todavía hoy la recuerda, helada entre las nieves y sumida en las caricias de hermosos licántropos blancos.
Fue él quien preservó su inocencia de la muerte helada, el que la condujo en brazos al interior del carruaje y la llevó hasta su castillo, salvaguardando así la belleza de su tedioso letargo. En la tranquilidad de una apacible estancia le fue fácil descubrir su procedencia, mientras contemplaba absorto su rostro dormido y trazaba imágenes de una ciudad italiana, en la que las góndolas pasean en calma, en suave discurrir por los canales oscuros.

Y fue su corazón latente el que expresó la pasión por el teatro, en Venecia, donde solía remendar las pequeñas ropas de sus risueños títeres y en cuyas callejuelas interpretaba su teatro de marionetas, ataviada entre los colores de un bufón risueño.

Tras el crepúsculo, el vampiro enamorado le ofreció como hogar su castillo, y celebró a medianoche una tétrica mascarada, cuyas melodías despertaron del fatigado sueño a la joven de cabellos cobrizos. Ezequiel nunca olvidará su expresión viva y exaltada en la madrugada de espectros ondulantes…A la par del apuesto caballero, enfundado en galas nocturnas, bailaron en la infinitud de la noche, rodeados por la curiosa expectación de todos aquellos bailarines de la siniestra corte.

Jamás un ente nocturno sintió algo parecido por otro ser vivo. Ella, que debió ser banquete de inmortales, durmió aquella noche junto al cuerpo helado de Ezequiel, sumergida en las gélidas caricias de la mortandad.

Pasaron cientos de Lunas, y Favole supo entonces de la condena eterna del ser que salvó su vida. Cautivada por el espectro inmortal, quiso ser partícipe de su desdicha, para beber eternamente de la funesta condenación…

De aquella última madrugada relampagueante recordó, ofuscado, la ingenuidad de sus anhelos y contuvo el deseo de destruir todo aquello que, en aquella misma alcoba, rodeaba su inmundicia. Tras un sollozo impotente, el príncipe siniestro continuó evocando su desgracia, rememorando arrepentido su cólera, después de rechazar sus súplicas para no condenar su cuerpo a tan pútrida existencia.

No permitió que la tentación amorosa calmase su ira, y expulsó entonces a la joven de su castillo, intentando alejar así su inminente e instintivo deseo de darle muerte eterna…Lejos de aquel ser oscuro y su corte esperpéntica huyó Favole, en llanto tortuoso por mil ciudades distintas, siempre con el recuerdo del blasfemo amor que sintió entre los vastos muros del alcázar nebuloso.

Jamás imaginó que su barco atracaría en Génova, ciudad en la que trazó eslabones con sus recuerdos, y soñó con volver a cruzar el mar algún día, para reencontrarse con el fúnebre país de los espectros sin reposo.
Pero fueron los años de ausencia y locura los que afligieron el rostro de la Reina de los proscritos.
"Favole…", suspiran al unísono los fantasmas de sus tétricas marionetas.

Y sin más dilación se arrojó al mar de Génova, para asfixiar su vida en oleajes tempestuosos.¿Y quién no la recuerda sonriendo a su mustia existencia y sucumbiendo bajo las aguas, enclaustrada como un jorobado en oscuros campanarios? Favole, confidente de los desdichados y deformes expulsados de este mundo. Hija de Cuasimodo. Una bellísima comitiva de sirenas ambiguas acompañaron a la joven en su infortunio, y enterraron su cuerpo ahogado bajo las húmedas tierras del valle de Neptuno. En el último sueño de la difunta, el soberano de los mares obligó a Favole a errar eternamente en el sopor de los condenados y trazó un muro infranqueable que separó para siempre a los dos amantes en diversas realidades… Lejos de su tumba acuosa, viaja ahora en carrozas guarnecidas de diamantes y resplandece hialina cuando recorre las cimas heladas de las montañas, ataviada en suntuosas vestimentas flotantes y zapatos de cristal recamados de zafiros.




No hay noche en que el vampiro legendario no evoque en sus sueños el regreso de Favole a sus salones barrocos, para hilar bailes al son de la música. Mas ya no se esconde entre las perlas de cientos de máscaras de alargadas narices. Ahora corre valiente entre la maleza de los bosques veroneses y juega a enterrarse bajo las hojas para soñar con cuentos de hadas. Le cuenta a su amante lejano que, cuando era niña, jugaba con las ratas de las calles, y ellas la acariciaban dulcemente, porque fueron ellas las únicas que aprendieron a amarla.Desde entonces, un teatro de marionetas terminó su función, para dar paso a un baile de música y color. Siempre volvería a su memoria las miradas misteriosas de los bailarines enmascarados, los que se enamoraron de Cenicienta en un palacio veneciano.Bajo las bóvedas de infinitos corredores seguirá su camino ahora…"Te esperaré en Génova, amante imaginado…"




Y mientras repite esas palabras, volverá a recorrer el puerto antiguo más bello del mundo, y bordeará el acantilado de Nervi… cuando la Luna esté casi llena y las luces de un paisaje marítimo proyecten melancólicas luciérnagas sobre las calmadas aguas. En el océano de sus recuerdos, permanecerá eternamente el oscuro galán que quiso bailar con ella, siempre vivo en la estación de los príncipes.




Y cuando la medianoche se haga presente en la mágica nocturnidad, marchará de Génova sin olvidarlo jamás, para retornar a la ciudad de los canales oscuros.Allí, en el umbral del Puente de los Suspiros, nos contará esta historia, acompañada por la música de un violín iluminado.



Allí, en su palacio dorado, descubrirá su rostro, bello... añorado.