domingo, 26 de octubre de 2008

Favole (3. Gélida Luz)


Favole



3. Gélida Luz



por Victoria Francés


INTRODUCCIÓN



En la orfandad de los pantanos se oye de nuevo la poesía de los espectros…

Cuenta el viento que las damas de rostros pálidos continúan sonriendo a la eternidad y sueñan con la esperanza de encontrar un atisbo de luz en sus noches sin fin.

Venecia se hundía para siempre bajo las aguas del recuerdo, y los espectros que acompañaron a Favole en cada noche de condena despidieron su imagen cuando decidió marchar de la urbe flotante persiguiendo una esperanza. Sin embargo, un pequeño espectro, llamado Sacha, nunca la dejó marchar sola…

El espectro vampiro viajó en busca del camino hacia la paz eterna y, atravesando países gobernados por la inquisición cristiana, conoció a Ebony, la bruja de los bosques.

En un pacto entre poderes oscuros, la hechicera le mostró el camino que debía seguir hasta la salvación de su alma y, lejos de gatos negros y de hogueras ardientes, los paisajes oníricos de Rumanía esperaban su llegada.

En el interior de un castillo fantasmagórico, Abel, un vampiro de rostro angelical, le mostró una antigua reliquia: un amuleto que una vez perteneció a una princesa rumana, cuyos sueños se vieron truncados al morir bajo la estaca de los aldeanos.

Después de relatar a Favole la leyenda gestada en torno a dicho legado, el vampiro de porte majestuoso le concedió el Necross, medallón cuya luz era la misma llave de la muerte.Desde entonces, aquel misterioso amuleto guió a Favole por el camino de la esperanza, y el olor a muerte se hizo cada vez más intenso…

Al final del otoño, Favole seguirá un sendero de violetas a través de un paraíso helado y dejará que la hiedra de su sepultura trepe por muros imposibles, deseando cubrir el añorado castillo del país de los vampiros.

La Gélida luz está cerca…



LA DOLOROSA

DULCE EPIDEMIA

Las últimas luces del atardecer brillaban en toda la extensión de los pantanos profundos; una luz dorada que llegaba a su fin, pues la placenta lunar ya se divisaba a lo lejos y los sonidos nocturnos comenzaban a susurrar sus melodías en la intemperie del páramo acuoso.

Esmaltada de luto, Favole, el espectro nómada, se hizo presente entre los últimos suspiros del otoño. El lagrimeo constante de su mirada se tornaba escarcha lentamente… y casi podía advertir la inminente llegada del invierno en el gélido silbo del viento.

En ocasiones, ese mismo gemido de la brisa parecía pronunciar su nombre, cual sinfonía de hadas y ondinas tristes.

Lentamente, la luz del atardecer comenzaba a morir en las ciénagas de agua turbia y, a los pies de un arroyo, la pestilencia inundaba el ambiente al tiempo que varias muchachas de largos cabellos emergían de las aguas infestadas de carencias. Liberándose de las ciénagas donde el vacío y el olor a muerte asfixiaba el canto de los sapos, aparecieron ante Favole las esperpénticas hadas del desamparo.

Una de ellas se adelantó ante Favole y pronunció su nombre: Anna…

Su cabello dorado caía lánguido y mugriento, y sus ojos azules como zafiros estudiaron detenidamente a la dama espectral.

-La Dolorosa, reina de estos páramos, me advirtió de tu llegada, Favole –susurró con voz tímida la hermosa ninfa-. Hace años que su imagen albina no aparece ante nosotras, sus hijas, pero ha sido esta noche cuando hemos vuelto a oír su voz… que te llama a su lado… no sin antes provocar su despertar, para que su imagen se libere de siglos pasados y para que su piel se torne joven y nívea como antaño.

El séquito de sílfides melancólicas continuó con su invocación mientras Anna se abría las venas de la muñeca con un corte limpio para derramar su sangre en la tierra humedecida.

Seguidamente, besó con dulzura a las ratas que corrían entre las crujientes hojas y, mordisqueando sus pequeños cuerpos, volvió a esparcir un reguero de rubíes para que Lavernne, madre de todas ellas, brotase cual flor naciente.

Un esplendor gélido como el hielo iluminó la intemperie de la ciénaga y un ente albino se materializó ante Favole, mientras el resto de las ninfas corrían asustadas hacia la frondosa oscuridad del bosque.

Su cuerpo desprendía un halo tan brillante como las alas transparentes que dotaban de majestuosidad a la llamada Virgen Dolorosa. La reina féerica, que durante siglos había permanecido en continua metamorfosis, ahora lucía como nunca tras despertar el letargo en su blanca crisálida.

Impulsada por la presencia de la diva alada, Favole dijo:

-Deseo conocer el camino, el sentido real de mi existencia y la salvación de mi alma…

-Favole, la clave es la muerte. No existe más salvación que la que te otorga el verdadero ángel oscuro –sentenció el hada albina con voz portentosa.

-Pero mi cuerpo se asfixió hace muchas eternidades, y su beso revivió mi alma, para vagar en soledad –contestó Favole-. Estoy muerta; mi corazón jamás volvió a palpitar.

-La muerte no te besó jamás, ni tan siquiera yo la he conocido –continuó Lavernne-. Tu corazón dejó de latir bajo las aguas del mar, pero su tempestad nunca te sumió en la muerte verdadera.

Escucha el silencio… en mi reino la vida no existe, pero algo nos une a ella… Pequeños sapos han muerto en mis manos y, después de enterrarlos bajo el lodo, he vuelto a oír su croar agónico perdido en la distancia. La coral de voces muertas continúa con sus melodías, ésa es la música de mi reino, el último hálito de vida terrenal… El sufrimiento congela nuestra existencia en un estado entre la vida y la muerte. Hay quien busca la luz para liberarse de él, pero la mayoría de las almas que no hallan descanso y quedan estancadas para siempre, como las aguas de mi reino.

Escucha el silencio… en mi reino la vida no existe, pero algo nos une a ella… Pequeños sapos han muerto en mis manos y, después de enterrarlos bajo el lodo, he vuelto a oír su croar agónico perdido en la distancia. La coral de voces muertas continúa con sus melodías, ésa es la música de mi reino, el último hálito de vida terrenal… El sufrimiento congela nuestra existencia en un estado entre la vida y la muerte. Hay quien busca la luz para liberarse de él, pero la mayoría de las almas que no hallan descanso y quedan estancadas para siempre, como las aguas de mi reino.

La muerte es el fin, el silencio eterno, la nada… Busca la muerte y limpia tu sufrimiento. El Necross que pende de tu cuello lucirá cuando sientas su llegada…

El hada desapareció lentamente y dejó al espectro errante ante la superficie escarchada del pantano. El silencio era inmenso…

Favole continuó su camino y dejó atrás la pestilencia de las ciénagas oscuras. En las profundidades del pantano, la dulce epidemia continuaba y cientos de vírgenes sollozantes morían como todas las noches, dejando sus cuerpos extendidos cual Ofelias en las aguas putrefactas del pantano.

En el reino de la Virgen Dolorosa el frío era cada vez más intenso… Y unos cantos melodiosos anunciaron la muerte del otoño.




ANGELIQUE

VIOLETAS ENTRE EL HIELO

“La muerte es un ángel”, cantaba Perséfone, la niña enfermiza que soñaba con ser mujer, bailar en salones con cientos de pretendientes y vivir en un cuento de brujas y fantasmas.

Su mirada lánguida de muñeca triste cruzaba constantemente el ventanal de su cabaña, donde la nieve caía dulcemente y cubría el camino hacia el bosque.

Perséfone estaba acostumbrada a la enfermedad desde su nacimiento y, aunque el frío de la nieve fuese mortal para ella, decidió salir aquella mañana, dar un pequeño paseo por el bosque y sentir el frío que su madre le prohibía constantemente… no sin antes espolvorearse el rostro blanco como la nieve, pintar de carmín un corazón en sus labios y peinarse los bucles de ébano.

Ataviada como una hermosa princesa, salió de la cabaña y se adentró en el bosque helado, mientras mordía una manzana tan roja como la sangre… Hacía mucho frío, tanto que las piernas en ocasiones parecían no obedecerla y el pecho se amorataba dolorosamente. Agotada, decidió asentar el cuerpo en la nieve y se puso a temblar.

“Rojos como la sangre son tus labios, Angelique, negras tus alas de muerte cuando vengas a por mí…” cantaba la niña y, sin motivo, comenzó a sangrar debajo de la falda morada y corrompió la pureza de la nieve… Su primera menstruación había llegado y, con ella, el fin de su infancia.

De repente, un cortejo de mariposas violáceas le cruzó por delante del rostro y, a causa del sobresalto, un bocado de la manzana obstruyó la garganta de la niña.

El frío de la nieve y la roja manzana se inyectaron como un veneno letal en la muchacha, que falleció de asfixia, en plena pubertad.

En el camino entre la vida y la muerte, abrió los ojos por unos instantes al mundo de los espectros.Sorprendida, observó cómo una doncella fantasmal de cabellos cárdenos abrazaba su cuerpo sin vida y lamía la sangre de su falda…

-¿Eres tú la muerte? –preguntó el alma de la niña a la misteriosa vampira.

-No, tu sangre es mi alimento; éste es el mundo de los espectros. La muerte es un ángel, ¿recuerdas? –respondió Favole.

“…Angelique…”, susurraban las ráfagas de viento y nieve a su llegada

Y ante ellas apareció un hermoso ángel de alas negras que sonreía dulcemente mientras iba dejando a su paso una senda de violetas deshojadas… Perséfone sonrió al ángel de sus canciones, al tiempo que su alma desaparecía en la más absoluta felicidad. Jamás volvería a estar enferma…

Pero Favole continuaba en el mundo de los espectros mientras degustaba la sangre de un cuerpo recién fallecido y miraba de nuevo a la bella dama de alas negras. Su cabello era largo y oscuro, sus ropas permanecían extendidas en la nieve y cientos de mariposas violáceas revoloteaban a su alrededor.

Como si de un sueño se tratase, la hermosa dama se agachó ante Favole y le acarició el rostro. Volvió a sonreír y desapareció, llevándose consigo el alma de la niña…

Un sendero interminable de violetas comenzó a formarse en la nieve y Favole, impulsada por una fuerza superior, se alzó siguiendo aquel rumbo. A lo lejos, un castillo imponente se alzaba sobre el país de los espectros… y el Necross comenzó a lucir en su pecho.

El camino fue breve, dulce y lleno de esperanza. La gélida luz iluminaba a Favole hacia su salvación y, cuando el camino de violetas llegó a su fin, el espectro errante miró hacia atrás por unos instantes. A lo lejos, en el lugar donde Blancanieves encontró la paz, los cuervos y las mariposas volaban con total armonía custodiando su féretro de cristal.

“Oh, muerte… cómo te amo”, susurró Favole, y las puertas del castillo se abrieron a su paso…



GÉLIDA LUZ

EL FIN DE LA TINIEBLA

La luz de los candelabros iluminaba un inmenso salón en el interior del alcázar nebuloso. El baile de máscaras que allí se celebraba llamaba fervientemente a Favole, quien comenzó a recordar cada sonido, cada acorde de los clavicordios y cada una de las melodías que herían en sus violines los músicos de la corte fantasmagórica.

La música era ensordecedora y llenaba cada rincón del castillo. Las máscaras revoloteaban ocultando el rostro de los presentes, y cientos de parejas de bailarines danzaban un vals mortuorio flotando por doquier.

El espectáculo embelesó por completo al espectro recién llegado y sintió cómo la música inundaba su ser, la atronadora sinfonía de réquiem adormecía sus sentidos y pronto oyó estruendosas carcajadas de todos los asistentes al baile ante el decaimiento de Favole.

Sus bocas lucían rojas como rubíes mientras mostraban los colmillos con muecas diabólicas y sus cuerpos céreos giraban alrededor del espectro vampiro, que se había desmayado en el salón, víctima de aquel embrujo musical.

Lentamente, las melodías dejaron de sonar, las carcajadas desaparecieron junto con los fantasmales bailarines, y se hizo el más profundo silencio, mientras las llamas de las velas perdían su fuerza y sumían el ambiente en la más onírica oscuridad.

Favole despertó del sueño inmóvil como una estatua, congelada en la superficie de un antiguo espejo que se alzaba, grandioso, entre las telarañas de una fría alcoba.

El olor a incienso inundaba la estancia y el sonido de un único violín comenzó a sonar de nuevo…

Ezequiel, vampiro y monarca del país de los espectros, permanecía erguido frente al ventanal de la alcoba, haciendo sonar su antiguo violín dorado. Pero una extraña luz interrumpió su triste melodía. Buscando aquella misteriosa señal que provenía del espejo, fijó la mirada parra observar mejor su superficie. Lentamente, unas lágrimas de sangre se deslizaron por sus mejillas al reconocer la imagen reflejada en el espejo.

El Necross lucía como nunca en el cuello de la muchacha congelada en los reflejos del cristal. Lucía tanto como el camino que divisaban las almas antes de encontrar la paz antes de encontrar la muerte. La luz de la paz y el silencio absoluto.

“…Favole…”, susurró el vampiro ante la imagen cautiva del espejo. Y entonces entendió el sentido de aquella luz…

Como un muñeco autómata, obedeció el mensaje que aquel mágico amuleto le dictaba; se dirigió hacia la puerta que sellaba la alcoba y la rompió de un solo golpe.

Y alcanzando una de las estacas que había en la habitación, atravesó su corazón sin vida y desató al demonio que durante eternidades había gobernado su existencia nomuerta en el reino de los vampiros.

Todo fue un acto fugaz… la muerte llegó y, con ella desapareció la luz del Necross, al tiempo que el espejo estallaba en mil pedazos.

Desde entonces, el sufrimiento dejó de atormentar a las dos almas que renacían juntas en el mundo secreto de los espejos; la condena había llegado a su fin…

El alma purificada de Ezequiel volvió a ver a Favole por primera vez en siglos… en el cruce de caminos entre la vida y la muerte. Y Favole encontró así la salvación.

La Gélida luz se hizo ante ellos al final de un sendero de hojas muertas. La nieve había desaparecido en aquel lugar y, a lo lejos, el castillo de los espectros ardía en llamas purificadoras…

Antes de dirigir sus pasos hacia la luz, las dos almas advirtieron que un pequeño ángel sollozaba tímidamente entre las lápidas del cementerio.

-¿Cuál es tu nombre, pequeño? ¿Por qué lloras escondido entre los muertos? –preguntó Ezequiel al niño huérfano.

-Me llamo Sacha, y he dedicado mi vida a dar amor. Pero nunca lo he encontrado. Me he perdido y estoy solo. ¿Puedo ir con vosotros? –preguntó el ángel de sudario mugriento y alas blancas al mismo tiempo que descubría su rostro y se agarraba a la mano de Favole.

Y cogidos los tres de la mano atravesaron un camino de ángeles que no cesaban de llorar ante la despedida. Y sintieron aquella luz, fría como el hielo…

Los ángeles de piedra levantaron su mirada en silencio. En aquellos instantes, un sinfín de perlas de agua comenzaron a humedecer sus cuerpos.

Ríos de lágrimas que brotaban del cielo…


Fin

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